El mundo es un volcán

Lo que Palestina puede esperar de Hillary Clinton: nada

Se da con frivolidad por supuesto que los demócratas norteamericanos, adornados a veces con vitolas como liberales o progresistas, son más partidarios que los republicanos de avanzar hacia una solución negociada del conflicto entre israelíes y palestinos que no suponga la rendición incondicional de estos últimos. De hacer caso a la retórica del Gobierno de Benjamín Netanyahu, Barack Obama ha sido poco menos que un enemigo del Estado judío.

Pero veamos los hechos. ¿Ha ejercido la Casa Blanca alguna presión efectiva para que Israel se mueva un ápice de su postura intransigente y reconozca los derechos nacionales de su enemigo? No. ¿Impidió que el Ejército hebreo arrasara Gaza ahora hace un año o que la ofensiva se detuviera antes de alcanzar todos los objetivos propuestos? No. ¿Ha eliminado o reducido la ayuda militar sin la cual no podría mantener su aplastante superioridad? No. ¿Ha conseguido que se detenga la ampliación de los asentamientos judíos en Cisjordania o que se acerque lo más mínimo la posibilidad del fin de la ocupación? No. ¿Ha logrado que se elimine o al menos se alivie el cerco sobre Gaza que ha convertido la franja en una agobiantes cárcel al aire libre en la que se hacinan cerca de dos millones de palestinos? No. ¿Ha utilizado su enorme poderío económico, que malgasta para defender intereses espurios en otros escenarios, para reconstruir las viviendas e infraestructuras arrasadas por el Tsahal o para mejorar la penosa situación de la población? No. ¿Ha utilizado su poder de decisión en el Consejo de Seguridad de la ONU para apoyar o cuando menos no utilizar su derecho de veto cuando se han planteado condenas a Israel? No.

Entonces, ¿a qué viene tanta hostilidad hacia Obama? A que nunca es bastante para Netanyahu y sus otros halcones en el Gobierno. A que piensan que, con otra Administración en Estados Unidos, con otro Bush (incluso literalmente, con el hermano del último), todavía podría irles mejor. Porque quieren sacar la ventaja máxima del hecho vergonzoso de que la política exterior norteamericana es, en lo fundamental, rehén del influyente y billonario lobby judío, y de que ningún candidato a la Presidencia tiene la más mínima posibilidad de triunfo si lo tiene en su contra.

Increíble, pero así son las cosas hoy, aunque no siempre ocurrió así en el pasado. Todavía en 1956, durante en la crisis de Suez, Eisenhower fue capaz de jugar a la equidistancia y frenar la agresión a Egipto de Israel, Francia y el Reino Unido. Sin embargo, la Guerra de los Seis Días de 1967 marcó –y ya para siempre– un punto de inflexión que despejó cualquier duda de que EE UU defendería a toda costa la supervivencia –y la prepotencia– de su gran aliado estratégico en Oriente Próximo.

Hillary Clinton es, hoy por hoy, la demócrata con más posibilidades de conseguir la candidatura de su partido, así como una sólida aspirante a suceder a Obama. Aunque falte más de un año para la cita electoral, ya es hora de recabar aportaciones económicas a las campañas, y ese es un terreno en el que el dinero de los judíos estadounidenses resulta decisivo, pero no gratis. De ahí que Clinton, hace tan solo unos días, cuando estaba a punto de cumplirse un año de la brutal invasión israelí de Gaza (2.251 palestinos muertos, incluidos 1.462 civiles y 551 niños, además de 67 soldados y 6 civiles israelíes), hiciese al lobby más poderoso de su país un regalo muy valioso.

En una carta dirigida de manera especial a los grandes donantes y a los líderes de las principales organizaciones proisraelíes, la ex secretaria de Estado mostraba su firme oposición a la campaña Boicoteo, Sanciones y Desinversión (BDS), que pretende presionar al Gobierno de Netanyahu para que sea más flexible en la negociación. Para Clinton, sin embargo, se trata del "último esfuerzo para aislar a Israel en la esfera internacional", por lo que propone un esfuerzo común con los republicanos que convierta en una prioridad la lucha contra la campaña. No será difícil la convergencia, aunque no se pongan de acuerdo en temas de más calado como las reformas sanitaria y migratoria. Para rematar el obsequio, y a pesar de su declarado respaldo a la solución negociada en el conflicto nuclear que busca Obama, reitera que Irán, el particular Gran Satán de Israel, es el "principal promotor mundial del terrorismo".

Entre tanto, Cisjordania sigue sufriendo una ocupación militar que no deja respirar a los palestinos, y gran parte de Gaza, bloqueada por mar y tierra, es aún un informe montón de escombros. La comunidad internacional apenas ha desembolsado la tercera parte de la ayuda prometida para reconstruir la franja, que tiene su tejido productivo desmantelado, la mayor tasa de paro del planeta (43%), un 90% de hogares sin agua potable, apenas ocho horas de electricidad al día, miles de niños con secuelas sicológicas graves y que se orinan en la cama, más de 7.000 bombas, minas y proyectiles de todo tipo sin explotar. Y sin que tenga ninguna consecuencia práctica el informe de la comisión de la ONU que señala numerosos abusos y atrocidades que podrían ser considerados crímenes de guerra durante la ofensiva israelí de hace un año (también en el bando palestino, aunque a mucha menor escala).

Se trata de un caldo de cultivo perfecto para la radicalización de los jóvenes, para que la rabia y la frustración alimente las filas de Hamás, incluso de Al Qaeda o el Estado Islámico, para que fermente el riesgo de una nueva guerra que haga más escombros incluso de lo que aún está en ruinas.

Sin embargo, a Hillary Clinton, en busca de millones de dólares para su campaña, todo eso no le preocupa tanto como el ansiado apoyo del lobby judío, que dispone de fondos suficientes para financiar tanto a los demócratas como a los republicanos, siempre en función de la relevancia de sus contrapartidas. Así que hay pocas dudas de lo que Palestina puede esperar de ella si llega a presidenta: nada.