El mundo es un volcán

Nuestro amigo Asad

Al demonio se le han caído los cuernos. "Ha llegado el momento de entablar negociaciones con el régimen de Bachar el Asad". Lo ha dicho el mismísimo ministro de Exteriores, García Margallo, en el escenario más propicio para un mensaje de conciliación: el Irán aliado del régimen sirio y ahora blanqueado por el pacto nuclear.

Pragmatismo obliga: Asad será un tirano, incluso un genocida, pero, parafraseando a Roosevelt cuando admitía que el dictador nicaragüense Somoza era un hijo de puta, "es nuestro tirano". Desde hace poco, cierto, pero así de rápido van las cosas en el polvorín de Oriente Próximo. Parece que fue ayer cuando todo estaba a punto para fulminar a Asad por utilizar armas químicas y ya se admite abiertamente que habrá que negociar con él para salir de este embrollo. Incluso se prepara el terreno desde Occidente (con Francia en vanguardia) para bombardear a los enemigos más radicales del régimen de Damasco, incluso en territorio sirio, lo que, por mucho que se intente negarlo, fortalecería al sátrapa en su poltrona.

Todo sea por frenar al Estado Islámico (de Al Qaeda apenas se habla ya), que, no solo amenaza la supervivencia de Asad, sino que ha deshecho la frágil e inconsistente arquitectura política que Estados Unidos dejó atrás cuando retiró sus tropas, junto a un reguero de decenas de miles de muertos. La guerra de Siria –y sus asociadas de Yemen, Irak y Libia- es el eje de un juego de tronos entre las potencias regionales que, bajo banderas sectarias, se disputan la hegemonía, con EE UU moviendo muchos de los hilos (y Rusia algunos de ellos).

El conflicto sirio, con la emergencia explosiva del islamismo más fanático y beligerante, eleva ya a 250.000 muertos su balance de víctimas, convierte las zonas fronterizas de los países vecinos en gigantescos campos de refugiados (Líbano acoge a uno por cada cuatro de sus habitantes), eleva hasta alarmantes líneas rojas el riesgo de atentados terroristas en Occidente y somete la fortaleza Europa a una brutal presión migratoria, ya difícil de asumir con los huidos del hambre y de otros conflictos (Afganistán, Somalia, Eritrea, Nigeria…) y que destapa lo mejor y lo peor del proyecto en teoría solidario de la UE.

Como consecuencia de este giro de los acontecimientos, y del trágico éxodo masivo que ha provocado –sin precedentes desde la II Guerra Mundial- resulta que Asad ya no es otro Hitler, como llegó a decir el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, sino tan solo un mal menor. Hay que elegir entre lo malo y lo peor. Pragmatismo obliga. Y, cuando ya es demasiado tarde, cuando las consecuencias de la inacción y falta de visión de Occidente, cada vez se notan más en casa, se añora el tiempo no tan lejano en que Asad, sí, era un dictador que oprimía a su pueblo, pero también un factor de estabilidad en la región que ni siquiera incordiaba demasiado a su tradicional enemigo israelí, con el que se había acostumbrado a coexistir.

No salieron las cuentas de la lechera de la primavera árabe, ni siquiera en Egipto, no cayó el régimen de Damasco gracias a una revolución pacífica y democrática. Estalló una guerra civil. Y el bando rebelde se fraccionó en buenos (oposición moderada) y malos (el germen del Estado Islámico). Con tan mala fortuna que los malos van ganando, contagian a los países vecinos, burlan las fronteras artificiales que marcó Occidente hace un siglo y extienden su franquicia por Asia, el Magreb y hasta el África negra. En suma: desastre total y descomunal catástrofe humana.

Hollande planea bombardear a los malos en la propia Siria. Cameron hace otro tanto y reconoce que incluso ha matado con un ataque selectivo a dos británicos que combatían en las filas del EI. Obama estudia con sus generales cómo apoyar a los rebeldes buenos con armas y entrenamiento. Y Asad se frota las manos. Los enemigos de sus enemigos eran hasta hace poco también sus enemigos pero, en la práctica, hoy son sus amigos. La prioridad ya no es derribarle, sino mantenerle –aunque no se reconozca abiertamente- para evitar la hecatombe.

Se trata de una paradoja que va camino de completarse con otra: que, de rebote, se difumine la guerra fría con Moscú a cuenta de Ucrania. Hoy por hoy, en el terreno de juego de Oriente Próximo, y más después del acuerdo atómico con Irán, Obama y Putin juegan en el mismo equipo, por mucho que, de forma paralela, mantengan una disputa de influencias que pasa por el apoyo de Moscú a Teherán y Damasco.

Que Rusia sea un aliado incondicional del régimen de Asad ya no es de forma tan patente un agravio más que añadir a las tensas relaciones entre las dos superpotencias nucleares. El ogro que se tragó Crimea y que tira de los hilos en Donetsk (osea, que rivaliza con EE UU y la UE) va camino de convertirse también en uno de los nuestros. Es un contrasentido que Rusia sea un enemigo en Europa y un amigo en Oriente próximo. Ojalá que todo esto contribuya a desactivar la crisis de Ucrania ¿Llegará también el momento de que Occidente asuma su propia responsabilidad por poner a Putin entre la espada y la pared?