El mundo es un volcán

El mundo en 2030: ¿el doble o los mismos objetivos que para 2015?

Que los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que serán aprobados en la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que comienza mañana en la sede de Naciones Unidas sean 17 no significa que se doble la ambición que reflejaban los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) puestos en marcha en 2000 y con fecha de caducidad a finales de 2015. No hay tanta diferencia entre unos y otros, lo que revela el fracaso de la propia ONU y de los Gobiernos ─sobre todo los del Primer Mundo─ en cumplir su compromiso global en los últimos 15 años.

Resulta por ejemplo descorazonador que el primero de los ODM fuese "erradicar la pobreza extrema y el hambre" y que los dos primeros ODS sean ahora, justamente, "eliminar la pobreza extrema" y "acabar con el hambre". Dos en uno. Si el objetivo se hubiera cumplido, los ODS serían tan solo 15, menos realidad, porque no es la única duplicidad entre ambas agendas. Eso sí, la nueva es más precisa y diferenciadora ─lo que no significa que vaya a ser más eficaz─ a la hora de especificar metas (se enumeran 169 concretas) y buenos propósitos, de establecer el compromiso de hacer un mundo más justo, más limpio, más pacífico, más saludable, más formado y menos desigual.

Este fin de semana, desde el Papa a Obama o Xi Jinping, los líderes mundiales derrocharán en Nueva York promesas solemnes de generosidad y buena voluntad. Porque esta vez, sostienen, "sí que va en serio", y el fracaso está descartado porque "está en juego la supervivencia". Por eso, no será fácil sustraerse a un clima de esperanza que puede durar lo poco que tarden las promesas en pasar por el tamiz del esfuerzo económico y la voluntad política. El costo de hacer realidad esas buenas intenciones en los próximos 15 años no es descabellado, pero sí produce vértigo: no menos de cuatro billones de euros. Y tras la euforia de la cumbre, cuando haya que empezar a pagar la factura, llegará como en tantas otras ocasiones la cicatería y la defensa de los intereses particulares. De hecho, la conferencia internacional celebrada el pasado julio en Addis Abeba para tratar precisamente de la financiación de la agenda 2030 puso en evidencia la preocupación ─si no la convicción─ de que no habrá fondos suficientes para aplicarla.

Es lo que hay y, por eso, no sirve de mucho llevarse las manos a la cabeza y empeñarse en ver la botella medio vacía. En clave optimista, hay que felicitarse porque, al menos, se ha cumplido en buena medida el primero de los Objetivos del Milenio, ya que desde 1990 (fecha que se tomaba como referencia), se ha reducido en más del 50% la pobreza extrema en el mundo, en gran parte gracias al espectacular ascenso económico de China. Aún sigue habiendo, no obstante, más de 1.000 millones de personas que sobreviven con menos de 1,25 dólares (1,10 euros) al día, y 800 millones que pasan hambre, pese a que el mundo tiene capacidad de sobra para producir alimentos incluso para una población muy superior a la actual. Reducir estas dos cifras a cero es la ambiciosa y probablemente utópica pretensión que se marcan los ODS.

Es innegable que, en los últimos 15 años, se ha producido un avance sustancial en la lucha contra la pobreza así como en la mejora de la salud pública (reducción del sida y el paludismo) y la extensión de la educación en los países en vías de desarrollo. También ha habido progresos en el combate contra el cambio climático, que tiene una cita importante en la cumbre de París de diciembre, aunque, a la hora de decidir entre desarrollo y ecología, la mayoría de los países suelen decir que ambos conceptos son compatibles, pero casi siempre terminan apostando por el primero a costa del segundo.

El mundo avanza en algunos terrenos, aunque a tropezones. Faltaría más, pero no lo hace ni con la aceleración suficiente, ni con el equilibrio y el ritmo que debería contribuir a la disminución de la desigualdad y la discriminación, ni promoviendo de forma eficaz la paz y la justicia. Este último no era uno de los ocho expresos ODM para 2015, pero sí figura como uno de los 17 ODS para 2030. Hoy por hoy, el mundo es más injusto, desigual e inseguro que en 1990 o 2000, y cuesta creer que esa tendencia cambiará porque unos cuantos jerifaltes pronuncien rimbombantes discursos en la ONU. Otra cosa sería si esos líderes se fueran de Nueva York decididos a trasladar a sus políticas concretas el compromiso adquirido al suscribir los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El viaje más corto será por cierto el de quien tiene más capacidad ─y más dinero─ para solucionar los problemas: Barack Obama.