El mundo es un volcán

Desesperación contra prepotencia en Jerusalén

No se trata de justificar, solo de entender. Que un joven palestino armado de un cuchillo ataque en el Jerusalén o la Cisjordania ocupados a soldados o incluso a civiles judíos por el solo hecho de serlo es un acto condenable. En algún caso se trata incluso de algo peor aún: un grave error, como perpetrar la agresión bajo el disfraz de periodista, con lo que se hace un flaco favor a una causa que únicamente desde el sectarismo puede dejar de calificarse de justa. La inmensa mayoría de los corresponsales extranjeros, por el solo hecho de informar, dan visibilidad a una lucha cuyos objetivos  -aunque no los métodos- no pueden ser más nobles: devolver a todo un pueblo su tierra y su libertad. Ponerlos en el punto de mira de las fuerzas de seguridad israelíes, a la que ahora costará más identificar a los periodistas reales de los falsos, es dificultar su labor y, por tanto, mala cosa para los palestinos.

Por lo demás, este singular conato de Intifada revela, como tantas otras veces en el pasado, la lucha desigual entre la desesperación y la prepotencia. Como uno de los bandos –el palestino- apenas tiene armas, combate con lo que tiene más a mano: piedras o cuchillos. Cuando los objetivos más lógicos –policías y militares- son inaccesibles, se ataca a civiles inocentes. Hechos censurables, por supuesto. Métodos claramente terroristas, sin duda, pero conviene no olvidar que el enemigo también los utilizó, y a gran escala, en su lucha por conseguir un Estado judío. Y sigue haciéndolo, aunque legitimado por decisiones de Gobierno, y casi en la proporción evangélica de ciento por uno, como revelan las cifras de bajas en las diversas confrontaciones bélicas en Gaza, en las dos grandes Intifadas y –aunque en menor medida- en la actual racha de enfrentamientos.

No hay indicios claros de que Benjamín Netanyahu se proponga cambiar el status de la explanada de la ciudad vieja de Jerusalén en la que se ubican dos de los lugares más santos del islam –las mezquitas de Omar y El Aqsa-, justo en el mismo lugar en el que un día se levantó el templo de Salomón y el que luego le sustituyó cuando quedó reducido a escombros. Sin embargo, es comprensible que los palestinos teman que ése sea el designio final que se oculta tras el reciente incremento de las visitas de judíos a la zona. De ser ciertas las sospechas, se trataría de un paso más para que, a medio plazo, la totalidad de la ciudad –que también los palestinos reivindican como su capital- quedase en la teoría y en la práctica bajo la exclusiva soberanía de Israel.

¿Por qué habrían de fiarse los palestinos de lo que diga un Gobierno que no parece capaz de enfrentarse al problema nacional de otra forma que no sea mediante la violencia, la ocupación militar y el estrangulamiento económico de Palestina, levantando un muro infranqueable que encierra a todo un pueblo como en un gueto y acometiendo una imparable expansión de las colonias judías en Cisjordania y Jerusalén Este? Y todo ello, frente a la unánime condena internacional y en flagrante desafío s resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Se supone que todo análisis político debe ser objetivo, pero resulta indignante que el poderoso aparato propagandístico judío califique de antisemita cualquier opinión que no sea cuando menos lo que Israel considera equidistante, es decir, que no dé la misma relevancia y justificación a los argumentos de los dos bandos en conflicto. Pero la equidistancia resulta absurda en este caso porque la razón está claramente del lado palestino. Es imposible encontrar otra crisis en el mundo en la que estén más claramente delimitados lo justo y lo injusto. Reconocer esta realidad no significa, por supuesto, compartir los métodos empleados en la lucha por los jóvenes palestinos, pero sí permite comprender la fuerza de su desesperación, frustración, rabia e impotencia.

Puede que haya un toque de fanatismo en los jóvenes que, armados tan solo de un cuchillo, atacan a soldados armados hasta los dientes sabiendo que tienen todas las papeletas para terminar cosidos a tiros. Sin embargo, es evidente que solo se puede recurrir a una acción tan extrema y suicida desde el convencimiento de estar haciendo lo correcto, de que merece la pena sacrificar la propia vida para dar al resto de su pueblo la oportunidad de un futuro mejor. Se trata de la expresión del grito desesperado de toda una generación que no tiene ni presente ni futuro, que está condenada a vivir en la precariedad y la opresión. Y que, por añadidura, ni siquiera en este momento crítico, cuenta con el respaldo de las moderadas autoridades de su propio pseudopaís, dado el distanciamiento y la pasividad que está mostrando Abu Abbas en esta crisis, como si no fuera con él. Solo la Yihad Islámica y Hamás –en la lista negra de Occidente como grupos terroristas- respaldan esta lucha, aunque no hay signos claros de que la organicen, ya que predominan los lobos solitarios.

Aunque el número de víctimas judías no sea comparativamente muy elevado (unas seis veces inferior a las palestinas), los ataques de los últimos días, sobre todo –pero no solo- en Jerusalén, han colocado a la población israelí en estado de pánico y multiplicado las apelaciones de más mano dura a Netanyahu, paradójicamente acusado desde algunos sectores de ser incapaz de garantizar con la prudencia de su respuesta la seguridad de sus compatriotas. Un absurdo más, a la vista del aumento de detenciones preventivas, el reforzamiento de los controles, el cierre parcial de algunos barrios, la demolición de las viviendas de las familias de los atacantes y la prohibición de volver a construir sobre las ruinas, e incluso la negativa a devolver sus cadáveres, para evitar que los entierros se conviertan en actos de reivindicación nacionalista.

Parece claro que las fuerzas de seguridad israelíes tienen órdenes de no andarse con contemplaciones y actuar con la máxima energía, sin dar prioridad a la captura con vida de los agresores. De ahí que la mayoría de ellos son abatidos sobre el terreno. El pánico y la furia entre la población judía conduce a errores tan graves como el tiroteo y posterior linchamiento de un inmigrante eritreo confundido con un terrorista. Y puede estar también en el origen de la huida por temor a correr la misma suerte del conductor palestino de un camión que arrolló a un judío y que, posteriormente, se entregó a la autoridad cisjordana y alegó que no fue un acto voluntario, sino un lamentable accidente.

Termine como termine esta oleada de violencia, dejará una vez más en evidencia que ni palestinos ni israelíes coexistirán en paz mientras no se resuelva la causa última del conflicto, se ponga fin a una ocupación militar que dura ya 48 años y se reconozca e implante, con garantías de seguridad para Israel, un Estado palestino viable. Es ésta una aspiración imposible de hacer realidad, dada la intransigencia israelí, mientras Estados Unidos siga respaldando en la práctica incondicionalmente a su gran aliado estratégico en Oriente Próximo. Y en tanto la Unión  Europea en su conjunto y la mayoría de sus países miembros sigan comprendiendo en teoría la causa palestina pero no muevan un dedo para presionar –y llegado el caso aislar y castigar- a quien hace imposible que se haga justicia.