El mundo es un volcán

Erdogan: sultán, califa y zar

La inesperada mayoría absoluta de escaños (317 de un total de 550) obtenida el pasado domingo por el gobernante y derechista Partido de Justicia y Desarrollo (AKP) ha supuesto un tremendo varapalo para las empresas demoscópicas y un espectacular respaldo al presidente y hombre fuerte de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, a quien le ha funcionado a la perfección su estrategia de "o yo o el caos". Es más, habría bastado un ligero descenso adicional del nacionalista kurdo Partido Democrático de los Pueblos (HDP) para que éste hubiese quedado por debajo del 10% de votos necesario para obtener representación parlamentaria y para que la consiguientes redistribución de escaños hubiera puesto en manos de Erdogan la mayoría calificada de 330 escaños que le habría permitido una reforma constitucional a su medida.

Los turcos son libres de evaluar sus opciones y votar a quien quieran. Faltaría más, pero no es menos cierto que en esta campaña electoral han sobrevolado algunas sombras ominosas que, si no la legitimidad del resultado en términos globales, sí que arrojan dudas sobre el respeto a las normas del juego limpio.

El pasado junio, se quedó muy lejos de la mayoría de escaños necesaria para gobernar en solitario. Sin embargo, en lugar de buscar el acuerdo con alguno de los partidos de oposición, o de facilitar que todos ellos ofreciesen una alternativa, Erdogan precipitó al país a una nueva cita con las urnas que, en circunstancias normales no debería haber conducido a un mapa electoral diferente. Que no haya sido así revela que han entrado en liza nuevos y relevantes factores que han alterado de forma significativa la voluntad de los votantes.

El principal de todos ellos ha sido el miedo. Estos cinco meses escasos han visto cómo se deterioraba la situación económica, aparecían nuevos casos de la corrupción casi sistémica, se enconaba al precio de más de 1.000 vidas el violento conflicto con la guerrilla kurda del PKK, se recrudecía la amenaza terrorista (incluso con el más salvaje atentado de la reciente historia del país), se tomaba parte activa en la lucha contra el Estado Islámico en Irak y Siria, se agravaba la crisis de los refugiados hasta extremos casi inmanejables y se ponía en evidencia la dificultad para formar un Gobierno capaz de afrontar tantos problemas con garantías de éxito.

En resumen, se hizo carne ese ectoplasma que tanto teme la gente en cualquier lugar del mundo: la inestabilidad. Poco ha importado que, en este periodo transitorio, haya quedado todavía más claro de lo que ya estaba que la solución Erdogan implicaba un retroceso en las libertades, un acoso a los enemigos políticos, una amenaza a la prensa independiente, una creciente islamización de la sociedad y, en definitiva, una escalera mecánica en rápido ascenso hacia el cesarismo de Erdogan, que en 13 años se ha transformado de liberal reformista en autócrata obsesionado con el control del poder.

Aunque los incidentes durante la campaña no hayan tenido un volumen suficiente como para cuestionar la legitimidad de las elecciones, no todos los partidos han tenido las mismas oportunidades, ni en los medios de comunicación ni en el desarrollo de los actos electorales. Los dirigentes del HDP, por ejemplo, han denunciado que el atentado de Ankara (102 muertos) y otros anteriores en actos con fuerte presencia de la formación prokurda han retraído a muchos de sus simpatizantes, que temían por su seguridad física y no confiaban en la protección de las fuerzas de seguridad.

El AKP ha tenido éxito al menos parcial en su intento de identificar al HDP con la guerrilla del PKK. En cuanto a los otros dos partidos opositores (el ultranacionalista MHP y el socialdemócrata CHP, guardián de las esencias del Estado laico creado por Atatürk) da la impresión de que han quedado catatónicos, incapaces de reaccionar ante el empuje de Erdogan. Ahora, por añadidura, se enfrentan a una catarsis que con gran probabilidad afectará a su liderazgo.

Así las cosas, la situación recuerda a la producida en Rusia cuando, tras agotar sus mandatos constitucionales como presidente, Vladímir Putin cedió el cargo a Dimitri Medvédev y cambió él mismo de despacho, hasta el de primer ministro, sin ceder por ello un ápice de poder, que recuperó de hecho incluso en términos nominales cuando pudo optar de nuevo a la jefatura del Estado. En Rusia, el poder ejecutivo radica en el presidente (excepto que éste no sea Putin), mientras que en Turquía lo hace en el jefe de Gobierno (excepto que éste no sea Erdogan), pero el resultado práctico es muy similar en ambos casos. Con una diferencia: que Medvédev era un hombre de paja, pero no está del todo claro que lo sea Ahmet Davutoglu, que quizá no se resigne al papel de comparsa. El primer ministro puede esgrimir una legitimidad salida de las urnas, porque ha sido él —y no Erdogan— quien ha encabezado las listas del AKP. Y, además, por el momento, y sin mayoría suficiente para enmendar la Constitución, el presidente aún no tiene el poder legal necesario para imponer su voluntad, aunque no parece que carezca del real.

A falta de ver si esa pugna llega siquiera a plantearse de forma abierta o larvada, Erdogan no cesa en su designio de ejercer de forma simultánea como califa, sultán y zar. Califa, porque el poder religioso, o al menos la intención de modelar la sociedad de acuerdo a los principios del islam, es una clave de su proyecto que, de forma paulatina pero imparable, lleva aplicando 13 años, aunque hasta ahora lo haga compatible con la asunción en términos generales de las normas de la democracia. Sultán, porque pretender ejercer en solitario el poder supremo, como los gobernantes de la Sagrada Puerta. Y zar, porque su presidencialismo se inspira más en el ruso que en el francés o el norteamericano, más en Putin que en Hollande u Obama, es decir, que no se muestra dispuesto a compartir el cetro.

Puede que Turquía alcance y disfrute de esa estabilidad por la que ha apostado la mitad de sus votantes, pero está por ver si el precio a pagar no será demasiado alto. Tras la euforia llega el momento de ponerse al tajo y de trabajar para cuando llegue el momento de rendir cuentas, con la tranquilidad que dan una mayoría absoluta en el Parlamento y el hecho de que no hay ninguna elección prevista hasta 2019.

Erdogan no cejará en su intento de reformar la Constitución, emanación después de todo del golpe militar de 1980 y que no contenta a nadie, pero tendrá muy difícil hacerlo en el sentido que a él más le interesa: concentrar el poder en la jefatura del Estado. Sería un error que gastase demasiada munición en ese empeño cuando tiene por delante desafíos como el de lograr la recuperación económica, pacificar el sureste kurdo, combatir la amenaza del Estado Islámico y gestionar la masiva afluencia de refugiados.

Paradójicamente, es este último problema el que puede brindar una oportunidad de oro para avanzar, tras 10 años de parón y desplantes, hacia el cumplimiento de una aspiración eterna de Turquía: el ingreso en la Unión Europea. Por su propio interés, la UE se muestra ahora más comprensiva hacia el déficit democrático y de derechos humanos de su vecino euroasiático, convertido en un aliado estratégico de decisiva importancia, más allá incluso de su pertenencia a la OTAN.

Habrá que ver si Erdogan consigue que este país frontera, lleno de contrastes, entre la tradición y la modernidad, entre el islam y el laicismo, avanza hacia un horizonte de progreso y paz, y hace realidad su vocación de ser un ejemplo para los Estados musulmanes de Oriente Próximo, además de un aliado y socio fiable para Europa, o si se deja arrastrar por la corriente que se lleva por delante las posibilidades de un futuro de progreso para la región. La clave debe ser el ejercicio de una virtud que hasta ahora no ha adornado al presidente turco: la tolerancia y el respeto a quienes no piensan como él.