El mundo es un volcán

2015, un año nefasto, un año para olvidar

Con la excepción de un puñado de buenas noticias (el pacto nuclear con Irán, el deshielo Cuba-Estados Unidos, la normalización democrática en Birmania…), el año 2015 ha sido nefasto. El mundo del 31 de diciembre es más inseguro, desigual e injusto que el del 1 de enero. Es difícil sustraerse a la impresión de que vamos a peor y de que se da menos margen a la diplomacia para resolver los grandes problemas en un escenario en el que, como siempre, se imponen los intereses de las grandes potencias y los poderes fácticos.

El principal fracaso, en el que se va a centrar este artículo, sigue siendo Oriente Próximo, donde la esperanza abierta por el acuerdo atómico con Irán, ha quedado sepultada por la extensión de una guerra que, regional en sus inicios, se ha transmutado en global. Ese es el resultado del fortalecimiento del Estado Islámico y sus franquicias –además de Al Qaeda y las suyas-, sobre todo en África, y de su deriva terrorista, que no solo se ha hecho notar en el territorio bajo su control, sino que también ha atacado los intereses y las vidas de sus enemigos en escenarios tan alejados unos de otros como Túnez, Egipto, Turquía, Nigeria, Francia, Malí y Estados Unidos.

La respuesta a esta amenaza existencial, tanto por parte de Occidente como de aliados tan poco recomendables como Arabia Saudí, ha sido fundamentalmente bélica: en Siria, Irak,Yemen. Con el añadido de una intervención rusa que en algunos momentos parece encajar en una convergencia de intereses y en otros recuerda la retórica de la guerra fría, a causa de los diferentes puntos de vista sobre si la solución a la sangría en Siria (250.000 muertos ya) debe pasar o no por la continuidad en el poder de Bachar el Asad. Un incidente nada improbable en ese contexto explosivo como el derribo de un avión ruso que penetró apenas en territorio turco ha suscitado una alarmante y explosiva pelea de gallos entre el zar Putin y el sultán Erdogan que, si no se desactiva, amenaza con derivar desde la retórica a los hechos.

La falta de discriminación rusa a la hora de lanzar sus bombas entre rebeldes buenos (opositores moderados a Asad) y malos (Estado Islámico) defrauda por ahora la esperanza inicial de una alianza de todos contra el EI que ayudaría a superar el enfrentamiento entre los dos bloques que tanto recuerdan a los de la guerra fría, reavivada por la crisis ucrania, que termina el año un tanto aletargada pero sin avances sustanciales que inviten al optimismo. De hecho, las sanciones económicas a Moscú se acaban de renovar. Lo único positivo es que ese frente está aletargado –no desactivado- y que el choque de trenes y las posiciones contrapuestas no impiden de momento mantener abiertas las vías de diálogo.
Estados Unidos, que con Obama ha constatado un fracaso histórico forjado en anteriores presidencias (centenares de miles de vidas perdidas para nada) y consolidado con su propia inoperancia, ha retirado sus tropas de Irak dejando atrás un país sumido en el caos por el conflicto entre sus enfrentadas comunidades. Al único premio Nobel de la Paz que lo consiguió antes de tener siquiera ocasión de merecerlo, le toca una responsabilidad esencial en la emergencia del Estado Islámico y, más genéricamente, en la más alarmante amenaza para la paz mundial en décadas.

Como ocurre con Afganistán (que merecería un artículo aparte), en Oriente Próximo ni los bombardeos masivos, ni el derribo de los regímenes existentes, ni la ocupación militar, ni la colaboración de los amigos occidentales y regionales, ni los intentos de implantar sistemas democráticos sobre modelos ajenos a las tradiciones de esos países, han conseguido ese bien tan preciado llamado estabilidad, del que más o menos gozaba la región antes de la primera guerra del Golfo, en 1991. Antes al contrario: la situación es más explosiva que nunca y no hay ni paz, ni democracia, ni reconciliación entre las diversas comunidades, ni nada parecido a la tolerancia, ni mejora de la situación económica y social. Antes al contrario, se sufre una explosión de fanatismo sectario que se nutre de la versión más radical y deformada del islam, una religión que se merece mejores defensores que los que hoy dicen luchar por sus esencias.

El seguidismo occidental es muy llamativo, sobre todo en el caso de Francia, que parece haber olvidado que hubo un tiempo, no tal lejano, en el que presumía con razón de un modelo propio de integración en la OTAN y de desarrollar una política exterior independiente. El protagonismo bélico de Francia –en Libia con Sarkozy, en Siria con Hollande- pretende quizás reivindicar para el país un papel que no solo no se corresponde con los valores republicanos que arrancan de la revolución de 1789, sino que ni siquiera está claro que beneficie a sus intereses.

Lo de menos, pese al horror que suscita, es que la matanza terrorista de noviembre en París fuese una respuesta del EI a esa burda política bélica. Lo peor es que ésta responde a una línea de pensamiento de la escuela norteamericana que prioriza el uso de la fuerza sobre los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos y de combatir al terrorismo al que, en este caso concreto, por ejemplo, ni siquiera se ha respondido todavía con medidas eficaces policiales y económicas, para cortarle sus vías de financiación.
Esta crisis ha reabierto brechas muy difíciles de salvar en la sociedad francesa, sobre todo entre los cinco millones de musulmanes, muchos de ellos nacidos en Francia y educados en sus escuelas y en sus principios laicos. Ése es el vivero, abonado con la desigualdad de oportunidades entre las dos comunidades, que hace que una minoría minúscula pero capaz de causar mucho daño, muchos de cuyos miembros ni siquiera eran religiosos hace pocos años, tome el camino de la yihad y se lance con espíritu suicida a combatir al infiel,incluso en el corazón de París.

La respuesta de Hollande ha sido decepcionante, pero no sorprendente, y eficaz, aunque solo desde su propio y egoísta punto de vista, si se considera la forma tan positiva en que ha influido sobre la mustia popularidad del presidente, que había batido récords. La respuesta: más bombas en el frente clásico de la guerra, más presión sobre Europa para limitar la libertad de movimientos en el espacio Schengen, y más medidas legales en el frente doméstico, incluso con retoques constitucionales, que pueden interpretarse como limitación de derechos fundamentales. Nada radicalmente diferente de lo que habría hecho Marine Le Pen de estar en el Elíseo, e ineficaz para, aunque fuese asumiendo parte de sus presupuestos, parar los pies al ultraderechista y xenófobo Frente Nacional, consagrado como primera fuerza del país en las recientes elecciones regionales, aunque la alianza de Hollande y Sarkozy para la segunda vuelta impidiera su control de varios de los Gobiernos en liza.

El resultado de tanto despropósito ha sido la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial, que ha llevado a los muros de la fortaleza Europa a más de un millón de huidos de las guerras (de Siria, Irak, Somalia, Nigeria, Afganistán…), que han venido a sumarse a la legión de quienes, sobre todo en África, escapan de una miseria de la que es responsable en gran medida un orden económico que implica la continuidad de la explotación del Sur por el Norte.

Sería injusto simplificar la cuestión hasta el extremo de señalar que la respuesta europea a este desafío ha sido dar con la puerta en las narices a quienes llaman desesperados a las puertas de la UE. La crisis, por ejemplo, ha mostrado el perfil más humano de la canciller alemana, Angela Merkel, aunque se desdibujase después al poner límites a la generosidad inicial. También Grecia, principal punto de acceso, ha reaccionado con una solidaridad que cobra todo su valor si se recuerda su escasa población y la penosa situación económica que atraviesa el país, lo que hace especialmente pesada la carga. Muy encomiable está siendo la labor de numerosas ONG y de una miríada de voluntarios que prestan ayuda de emergencia a los nuevos desheredados de la tierra. Suplen parcialmente la dejadez e inoperancia de los Estados y de la UE en su conjunto, pero con una escasez de medios que convierten su esfuerzo en poco más que cuidados paliativos. No tienen capacidad ni recursos para llegar más lejos.

Frente a ese despliegue de humanidad, emerge el egoísmo puro y duro, el de los países que quieren quitarse el problema de encima como si fuera el bacilo de la peste, el de quienes se resisten incluso a acoger a los escasos miles de refugiados asignados tras duras negociaciones en los órganos comunitarios y, sobre todo, el de quienes rechazan sin contemplaciones a todo el que no reúna los requisitos para ser considerado refugiado político.

Entre los más renuentes a asumir una parte sustancial de la carga se encuentra el Reino Unido. Incluso en este momento crítico, Cameron pone de manifiesto su deleznable concepto de solidaridad al presentar como una infranqueable línea roja para no abandonar la UE que los ciudadanos comunitarios deban residir y cotizar al menos cuatro años en el país antes de tener acceso a prestaciones como las de desempleo y vivienda social. Si esa es su actitud ante los compatriotas europeos, a nadie extrañará que limite la acogida a los huidos de la guerra al mínimo que le permita salvar un poco la cara. Todo sea por adaptarse a la marea euroescéptica, cada vez más teñida de xenofobia.
La hipocresía es moneda de curso legal en esta crisis. El presidente checo, Milos Zeman, la ha llevado a un extremo especialmente vergonzoso al asegurar que el flujo de refugiados no es un "movimiento espontáneo", sino "una invasión organizada". Para arreglar las cosas ha añadido que la "compasión" debe reservarse, en todo caso, para ancianos y enfermos, pero que los jóvenes, en lugar de escapar a Europa deberían seguir en sus países "para combatir al Estado Islámico".

No menos significativo ha sido el cambio de actitud de la UE respecto a Turquía, un país al que lleva décadas dando con la puerta en las narices, con todo un catálogo de maniobras dilatorias, pero al que ahora se le entreabren, sin tantas reticencias derivadas de la falta de homologación democrática, a cambio de que su territorio se convierta en un eficaz filtro contra la oleada migratoria. Y tirando de chequera para paliar el impacto económico sobre un país que comparte una extensa frontera con Irak y Siria.

La pavorosa crisis de los refugiados es consecuencia directa de la ineficacia y el egoísmo de Estados Unidos y sus aliados a la hora de bregar con el avispero de Oriente Próximo, y supone –por si aún quedaba alguna duda- la definitiva e irreversible acta de defunción de lo que un día se conoció como la Primavera Árabe, hoy invierno puro y duro que solo resiste entre graves dificultades en Túnez. Y sin que se purgue el pecado original de una complicidad occidental con Israel que impide que se haga justicia a las aspiraciones nacionales del pueblo palestino y que aún hoy sigue regando de sangre la tierra santa de musulmanes, judíos y cristianos. Como si nada hubiese cambiado en los 68 años transcurridos desde la creación por la ONU del Estado hebreo, el barro primigenio que trajo estos lodos, que convierten a 2015 en un año nefasto, en un año para olvidar.