El mundo es un volcán

La casta o todo por la pasta

El dirigente de Podemos Íñigo Errejón admite que la utilización del término casta "para caracterizar el envilecimiento de la política profesional" comenzó probablemente con el libro de dos periodistas italianos, Sergio Rizzo y Gian A. Stella: La Casta. De cómo los políticos se volvieron intocables (Capitan Swing). Su publicación en 2007 supuso una auténtica conmoción que se tradujo en la venta de más de 1,2 millones de ejemplares y que puso al descubierto las indignidades de una clase política que, durante décadas, ha saqueado los recursos del Estado para su enriquecimiento personal y la consolidación de sus innumerables y vergonzosos privilegios.

Cuando el término casta casi ha desaparecido del vocabulario de Errejón y del resto de dirigentes de Podemos, se publica el libro que, en poco más de 300 páginas, complementadas con un puñado de cuadros, ponen en evidencia la ignominia italiana, tan similar a la de este otro lado del Mediterráneo.

Rizzo y Stella desgranan las cuentas de un rosario de abusos en el que caben la elefantiasis de un Parlamento de dos Cámaras y cerca de mil miembros con salarios, pensiones y privilegios disparatados; el secretismo sobre los costos faraónicos de las instituciones de la República; la acumulación por los políticos de ingresos exorbitantes de altos funcionarios que se suman incluso a los que tuvieran con anterioridad, por ejemplo como jueces; el desbordamiento de toda clase de entes públicos que más que para cubrir necesidades reales parecen creados para que los políticos de todo signo coloquen a amigos, parientes y correligionarios; la desnaturalización de calificaciones administrativas –como las de comunidades montañesas a nivel del mar- para asegurar subvenciones millonarias; la creación de fabulosas flotas de automóviles e incluso de aviones públicos para cuya adquisición no se repara en gastos; los descabellados desembolsos del Estado en alquileres y compra de edificios que han convertido el Senado y la Cámara de Diputados en un laberinto inmobiliario; el escandalosamente favorable tratamiento fiscal a las donaciones a los partidos, que contrasta con la cicatería que se aplica a las que se hacen a organizaciones humanitarias; la proliferación descontrolada de asesores con sueldos de lujo y funciones indefinidas; el entramado de complicidades que permite que ex ministros, ex parlamentarios y derrotados en las elecciones recalen en puestos de responsabilidad en empresas públicas para los que con frecuencia no están cualificados; las pensiones fabulosas para parlamentarios, ministros y otros servidores públicos a edades tempranas y compatibles con otros ingresos; el sistema de compensación de los gastos electorales convertido de hecho en financiación descarada y excesiva de los partidos; los viajes a todo lujo para eventos como el desfile anual de la comunidad italiana en Nueva York de delegaciones que recuerdan la comitiva de Cleopatra cuando entró en Roma…

Me disculpo por esta enumeración que habrá dejado sin respirar a más de un lector, pese a que ni siquiera es exhaustiva, pero creo que da perfecta idea de las dimensiones del desmadre. En definitiva, la casta ha consagrado en Italia unos escandalosos costes de la política, que no son consustanciales del sistema republicano surgido tras la Segunda Guerra Mundial -que se caracterizó en sus inicios por la austeridad - pero que, en las últimas décadas, se han disparado hasta límites de escándalo.

En el libro se detallan mil y un abusos y se identifica a sus beneficiarios, un ejército de sinvergüenzas de todos los partidos, honorables dedicados de boquilla en cuerpo y alma a la elevada misión de servir a la patria, pero que no sirven a otros intereses que los suyos propios.

Rizzo y Stella se las arreglan para controlar su indignación y mantener el sentido del humor en un texto que, con tono más serio, compondría una auténtica galería de los horrores. Incluso desde la atalaya del Estado de la corrupción en el que se ha convertido España en los últimos años es posible apreciar todavía una diferencia de dimensión respecto al panorama de Italia que se muestra en La Casta. Una instantánea que, como consecuencia de la diarrea de escándalos que han surgido a la luz, se ha corregido en algunos aspectos en los últimos años, aunque no tanto como para que en lo esencial haya dejado de ajustarse a la realidad.

Tal y como está escrito, el libro garantiza una lectura amena e incluso divertida. La desfachatez de los políticos italianos para llenarse los bolsillos, con un alarde de imaginación e ingeniería cleptómana merecedora de mejor causa, es tal que incluso puede mover a risa, y no tan solo a llevarse las manos a la cabeza. Son capítulos de una novela de la realidad que podría titularse Entre pillos anda el juego, además de una lección del manual del perfecto político aprovechado que bien podría titularse Cómo mamar de la loba Estado. El bochorno adquiere toda su dimensión cuando, como hacen Stella y Rizzo, se toma la vara de medir del Reino Unido o Estados Unidos que, en comparación, parecen dos sistemas austeros y transparentes.

A Podemos le vino como anillo al dedo que el término casta hiciese fortuna en Italia y que, salvando las distancias, pudiera trasladarse sin grandes distorsiones a quienes han ejercido el poder en España desde la caída de la dictadura franquista y la implantación de la democracia institucional con la Constitución de 1978. Lástima que, una vez convertido en partido, el movimiento surgido del 15-M considere amortizado el uso del término.

Pero antes de este cambio más cosmético que de fondo, Errejón ligaba en uno de los dos prólogos del libro la consolidación de la casta –el enemigo a batir- con el "proceso de cierre endogámico de las élites políticas y de conexión o subordinación  de las élites económicas" que "tiende a secuestrar la soberanía popular, reduciendo la democracia a una competición entre grandes maquinarias y la política a la gestión de lo ya decidido en esferas que se sitúan más allá del control ciudadano". Una realidad que da pie a toda clase de abusos, porque el sistema se muestra singularmente incapaz de construir cortafuegos eficaces contra los vicios que pudren sus entrañas, como demuestra el hecho de que no pasa día sin que salgan a luz detalles de nuevos o viejos escándalos que carcomen aún más la fe de los representados en sus representantes.

En el otro prólogo, el periodista Enric Juliana, para quien Italia es "un gran laboratorio de la política europea", explica que el origen del problema se remonta a la decisión, consagrada en la Constitución de 1948, de crear un Parlamento muy fuerte, con diputados y senadores inviolables, con un equilibrio perfecto entre el Senado y la Cámara de Diputados y con el presidente de la República como árbitro.  El loable objetivo era evitar la emergencia de otro Mussolini, pero "las alegrías y los abusos llegaron después", y surgieron las voces que denunciaban que "el golpe de péndulo había sido excesivo", con "demasiado Parlamento y poco Gobierno". Lo peor es que los austeros diputados de la posguerra pasaron a la historia y dieron paso a los actuales esbirros de la Casta. Con parlamentarios "mal pagados", concluye Juliana, "la política se envilece. Con una cucaña tan bien dotada, también. Esa es la paradoja italiana". Lo suscribo.