El mundo es un volcán

Egipto: 5 años de revolución y contrarrevolución

El término revolución tiene glamour y capacidad de fascinar. Eso hace que, con frecuencia, los antirrevolucionarios, incluso los golpistas, se pongan la etiqueta de revolucionarios. Eso es lo que ocurre en Egipto. Justo al cumplirse cinco años de la revuelta de Tahrir que derribó al régimen corrupto y represor de Hosni Mubarak, y dos y medio después de que los militares derribasen por la fuerza el Gobierno democráticamente elegido de los Hermanos Musulmanes, el mariscal Al Sisi, que encabezó el golpe, se presenta como líder de la "segunda revolución".

También él se considera y se presenta como un revolucionario, aunque no exactamente como aquellos que se jugaron el pellejo al exigir en la calle pan, justicia y democracia, muchos de los cuales están hoy entre rejas. Se siente más bien un Napoleón, un ser providencial con el destino manifiesto de acabar con el caos, la inseguridad, el fanatismo y el sectarismo religioso, capaz de llevar el país más troncal del mundo árabe por un camino de estabilidad, prosperidad y, si le apuran, hasta de libertad, porque esta última palabra está siempre en boca incluso de quienes la desprecian. El concepto de libertad de Al Sisi es tan particular que resulta compatible con encarcelar a periodistas y opositores de todo signo y con someter a los jueces para que emitan casi al dictado centenares de sentencias a muerte o a altas penas de prisión por terrorismo o sedición, o lo que puede ser equivalente: por plantarle cara.

Tiene bemoles que los mismos militares que han devuelto Egipto, con la complicidad de los poderes fácticos económicos de siempre, a la misma situación que se encontraba con Mubarak, sean tan cínicos como para proclamarse revolucionarios. La normalización democrática, con varias controladas convocatorias electorales por medio, está consolidando una estructura de poder que constituye un burdo disfraz de lo que, con mayor propiedad y cercanía a la realidad, podría denominarse dictadura, tan parecida a la del rais Mubarak como una gota de agua a otra.

El camuflaje y la terminología no bastan para ocultar que el control por Al Sisi y sus conmilitones de los resortes del poder es absoluto. La oposición real está descabezada e inoperante, tanto la de los Hermanos Musulmanes (ilegalizados y con sus dirigentes en la cárcel o la clandestinidad) como la de los revolucionarios de Tahrir que un día se tomaron en serio la proclama de Obama en defensa de una democracia en el mundo árabe que ellos defendían que se basara en la libertad, la justicia, la igualdad, el laicismo, la defensa de los derechos humanos y la independencia de las presiones exteriores.

Su modelo, por supuesto, no era el de los islamistas que, aunque vencieron limpiamente en las urnas, fueron tan torpes como para intentar imponer su agenda social, educativa y religiosa confiando en que su respeto a los privilegios de los militares les ganaría el apoyo o cuando menos la neutralidad de estos.

Con todo, los protagonistas más visibles de la revuelta de enero de 2011 están aún menos de acuerdo con la situación actual, marcada por los ataques a la libertad de expresión y de creación, la represión de las protestas opositoras y la utilización de los jueces por parte del poder ejecutivo para poner firmes a quienes osen levantar la voz.