El mundo es un volcán

Parir un ratón para abortar el ‘Brexit’

La negociación entre Londres y Bruselas para pactar un modelo de relación que evite la salida del Reino Unido de la Unión Europea amenaza con parir un ratón para abortar el temido Brexit, que supondría un golpe letal para una UE tan baqueteada y errática ya que difícilmente sobreviviría indemne al cataclismo. La cumbre de la próxima semana que debería alumbrar la criatura exigirá a los 28 padres un delicado ejercicio de obstetricia, pero no más que tantos otros que jalonan la accidentada vida de la Unión.

Se trata de pulir la oferta de compromiso del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, de forma que no se desnaturalice el ADN comunitario y, de forma simultánea, permita a David Cameron presentarlo en casa como el moderado triunfo que frene a los euroescépticos y evite el triunfo del no en el referéndum. En 2013 prometió convocarlo para antes de finales de 2017 si ganaba las elecciones en 2015, pero se podría adelantar incluso al próximo junio. Cuanto antes se pase página, mejor.

A Cameron no le debe llegar la camisa al cuerpo, incluso puede que se pregunte quien le mandaba meterse en este berenjenal sin una clara necesidad objetiva –aparte intereses electorales-, por mucho que en su momento, y sin vislumbrar su futura mayoría absoluta en los Comunes le pareciese buena idea. Tras respirar aliviado por el rechazo de la independencia de Escocia en otro referéndum a cara de perro, no podrá relajarse hasta que los votantes muestren que le hacen caso en la consulta sobre la continuidad en la Unión Europea. Si la jugada le sale mal habrá cavado además su tumba política.

Ni en la peor de sus pesadillas quiere pasar Cameron a la historia como el líder que, después de poner al Reino Unido al borde de la fractura tras siglos de unión con Escocia, se convirtió en responsable de la separación de una Europa que, pese a todas las diferencias, condiciona ya en positivo la prosperidad y el modo de vida de los británicos. Pero ahí está, atrapado entre dos fuegos, ligado a su insensata promesa de convocar el referéndum, pero consciente de que las concesiones que arranque de la UE pueden ser insuficientes para satisfacer los deseos de gran parte de la población y de la clase política, cuyo euroescepticismo se sustenta en la convicción de que las obligaciones que se les imponen desde la otra orilla del canal de La Mancha coartan una soberanía –reforzada por la insularidad- y amenazan su bienestar y su modelo social.

No son solo la mayoría de los medios de comunicación y los antieuropeos del Partido de la Independencia (UKIP) los que le ponen piedras en el camino; son también muchos diputados tories, el partido del primer ministro, al menos un 20%, los que amenazan con utilizar la libertad de votos que Cameron les ha prometido para votar no a la UE, sobre todo si creen que el parto negociador solo da a luz un ratón, como parece lo más probable.

El primer ministro tendrá que empeñarse a fondo, utilizar toda su capacidad de liderazgo, de hacer política con mayúsculas, de forzar aún las cosas en la cumbre comunitaria para arañar algunas concesiones adicionales. O sea, disfrazar al ratón para que parezca un tigre, o al menos un gato. El primer ministro presenta la oferta comunitaria como "un paquete muy fuerte y poderoso" que supone un "buen resultado" para su país. Justo lo contrario del diagnóstico que –quizá con más cercanía a la realidad-, emite el líder del UKIP, Nigel Farage: "patético" y que no aguanta "un escrutinio serio". Como se ve, la campaña electoral ya ha empezado.

Hay un factor que juega en su contra porque está cambiando la percepción de muchos votantes británicos: la crisis de los refugiados. El saldo neto migratorio, cuyo objetivo más o menos oficial, es de 100.000 al año, está desbocado, y llegó en 2015 a los 336.000. Además, el penoso espectáculo del éxodo masivo que llama a las puertas de la fortaleza Europa, los campos de Calais en los que se agolpan miles y miles de desesperados huidos de la guerra y la miseria que quieren cruzar el Canal, y la sensación de que los extranjeros responden a un efecto llamada para aprovecharse de las ayudas sociales y robar el trabajo a los británicos han calado en una población muy sensible a mensajes simplistas teñidos de nacionalismo, aunque en el fondo falaces y xenófobos.

La negociación entre Londres y los otros 27 socios de la Unión, ha transcurrido sin graves obstáculos –aunque con notables dosis de ambigüedad e imprecisión- por cuestiones como el rechazo a que el Reino Unido se vea comprometido por el aumento de la integración en Europa con merma de su propia capacidad de decisión (algo así como una excepción británica respecto a la unión política); la búsqueda de una mayor competitividad reforzando el mercado interior y reduciendo la burocracia; y la salvaguardia de Londres como gran centro financiero mundial sin que la no integración en la eurozona implique ningún prejuicio.

Esas concesiones estaban ya más o menos acordadas o en marcha, y su reelaboración y nueva presentación no traspasan ninguna línea roja, ni implican una modificación de los tratados comunitarios que exigiría un problemático proceso de ratificación en todos los países de la Unión. Baste recordar el desbarajuste que ese mecanismo supuso en el caso de la Constitución Europea para huir de esa perspectiva como de la peste. Antes que a un parto, ni siquiera de un ratón, aquello se pareció a un embarazo histérico, dejando en España la reliquia del más inútil referéndum de su historia.

Más que un cambio radical de la relación entre el Reino Unido y la Unión Europea, lo que Cameron presenta como más inmediato y sustancial en la propuesta, lo que debería bastar para el triunfo del sí, es, a falta de que se perfilen los detalles los días 18 y 19, que se pueda negar algunas ayudas a los trabajadores de otros países de la UE en los primeros cuatro años de estancia en el país. Con la condición de que se demuestre que, debido a la fuerte presión migratoria, esos subsidios suponen una "carga excepcional" para los servicios públicos. Es lo que se ha venido en llamar freno de emergencia. El preacuerdo también prevé reducir los subsidios por hijos que no hayan acompañado a sus padres al Reino Unido, de forma que se tenga en cuenta el coste de la vida en los países de origen.

Es un intento de salvar la cara, mucho ruido y pocas nueces, porque las ayudas de marras, que se refieren básicamente a complementos de los salarios más bajos, y que afectarían a menos de 100.000 personas, son pecata minuta para los presupuestos de un país de la dimensión del Reino Unido. Además, en sentido estricto, habría que hacer equilibrios en el alambre para poder alegar una supuesta situación de emergencia, pero bastaría para ello con que Londres lo alegara y con que sus socios europeos lo diesen por bueno, por inconsistente que resultase.

El principal problema es que, se llame como se llame, el freno podría entenderse como un ataque a principios básicos de la construcción europea, como la libertad de movimientos y la igualdad de trato a los ciudadanos comunitarios. Pero eso es lo que se está cociendo. Cuestión de pragmatismo. Y quizá, con la que está cayendo hoy en Europa, que amenaza los cimientos económicos y sociales de la Unión, hasta podría entenderse que se mire hacia otro lado ante esta flagrante muestra de hipocresía, con tal de impedir el Brexit.

La cuestión es: ¿bastará la propuesta de Tusk, aun modificada un tanto en la cumbre, para que gane el sí? Cameron ya pone toda la carne en el asador. Incluso afirma que la seguridad de los británicos frente a la amenaza terrorista podría verse comprometida si se abandona la UE, ya que estarían en peligro los controles fronterizos en territorio francés, que ahora mismo demuestran su gran eficacia. El argumento flojea, ya que el acuerdo sobre esa cuestión no es con la Unión, sino bilateral, con Francia.

De manera más genérica, el primer ministro vende la idea de que, si no abandona la Unión, y sobre todo con las mejoras conseguidas en esta negociación, el Reino Unido conservará su excepcionalidad (y por supuesto la libra esterlina), formando parte del mercado único pero fuera del espacio Schengen, y con la posibilidad de limitar sus beneficios sociales a trabajadores llegados de otros países comunitarios. Algo así como lo mejor de los dos mundos.

A expensas de lo que ocurra en la cumbre de la semana próxima, el referéndum podría ser en junio (si hay acuerdo), después del verano (si la negociación no encalla, pero se prolonga) o mucho más tarde, ya que el plazo límite que Cameron se impuso fue de diciembre de 2017. Pero prolongar la incertidumbre sería suicida tal y como están hoy las cosas.

Entre tanto, las huestes del y el no toman posiciones, engrasan sus armas y entran ya en campaña. Hasta no hace mucho, las encuestas pronosticaban una holgada victoria del sí, pero las tornas se han cambiado, y en algunos casos el no se impone hasta por nueve puntos. Claro que esto no ha hecho más que empezar.