El mundo es un volcán

Netanyahu enfurece a los militares y vira (aún más) a la extrema derecha

Es difícil encontrar en cualquier país normal unos mandos militares que lleven a juicio a uno de los suyos por rematar a un supuesto terrorista  moribundo mientras el jefe del Gobierno se solidariza con él y sostiene que no hizo más que cumplir con su deber. Lo más habitual es que ambos puntos de vista coincidan y que el poder castrense y el civil formen piña, si acaso con la oposición ejerciendo de abogado del diablo. Solo en casos aislados se produce alguna divergencia, que suele consistir en que los uniformados reaccionan desde el corporativismo, mientras que son los políticos los que defienden que hay que dejar actuar a la justicia sin intromisiones externas.

Pero Israel no es precisamente un país normal. De ahí que un episodio que podría haberse reducido a una polémica sobre derechos humanos rápidamente olvidable en un contexto casi bélico haya derivado en una crisis que ha ampliado en sentido ultraderechista y ultranacionalista la coalición, ya muy escorada hacia la derecha, que dirige con mano de hierro Benjamín Netanyahu.

Como tantas cosas que ocurren en el Estado judío el resultado del embrollo no es solo una cuestión interna, sino que puede afectar gravemente al eterno, inextricable y quizás irresoluble conflicto israelo-palestino.

Estos son los hechos:

El pasado 24 de marzo, el sargento del Ejército israelí Elor Azariah, remata a un palestino que, sin suponer ya una amenaza, yace gravemente herido a balazos tras acuchillar a un soldado. Un portavoz del jefe máximo del Ejército, Gadi Eisenkot, y el ministro de Defensa, el ex teniente general Moshe Yaalon, condenan un hecho "que no representa los valores de las Fuerzas de Defensa". El sargento es procesado por un tribunal militar. Avigdor Lieberman, líder del nacionalista y ultraderechista partido Nuestra Casa Israel le respalda públicamente y afirma que el juicio es una muestra de "teatro del absurdo". También apoya al sargento Benjamin Netanyahu, primer ministro y líder del derechista Likud, que telefonea a su familia para expresarle su solidaridad. Yair Golan, segundo de Eisenkot, sugiere que, en algunos aspectos, el Israel de hoy recuerda a la Alemania de los años treinta del siglo pasado, cuando Hitler llegó al poder. Su superior, que ya había denunciado profundos desacuerdos con Netanyahu en "cuestiones morales y profesionales", no le desautoriza, pero el primer ministro monta en cólera y dice que es una afrenta a la memoria del Holocausto.

Las consecuencias:

Netanyahu, que intentaba ampliar la ínfima mayoría (1 escaño) de su coalición de Gobierno, abriéndose hacia la izquierda moderada de la Unión Sionista (antiguos laboristas), cambia totalmente de sentido, se alía con Lieberman (lo que le da otros cinco diputados), desafía a los altos jefes militares al nombrarle ministro de Defensa y provoca una reacción casi generalizada de repulsa por lo que refleja de derechización extrema del Gobierno. Los altos mandos militares se toman casi como una afrenta personal que un ex general veterano y de amplio prestigio sea sustituido por quien terminó el servicio militar con el grado de cabo y que en medios del propio Likud es considerado como falto de la más mínima preparación para ser analista militar y más acostumbrado a oír el silbido de las pelotas de tenis que el de las balas.

En realidad, el caso del sargento Azariah es tan solo el detonante de un desencuentro entre las Fuerzas Armadas (y los servicios de inteligencia), no ya con el poder civil, sino muy en concreto con quien ahora lo representa al máximo nivel, Netanyahu. La acusación de fondo, apenas velada, es que, por vez primera en 78 años, un primer ministro no actúa poniendo siempre por encima los intereses del Estado de Israel, sino que los subordina a los suyos propios, electorales y de acumulación de poder. El título de un artículo de Thomas L. Friedman publicado en The New York Times lo deja meridianamente claro: "Netanyahu, primer ministro del Estado de Israel-Palestina. En su esquema, su país sufrirá, pero él sobrevivirá".

Israel presume de ser la única isla de democracia en todo Oriente Próximo, sus procesos electorales son tan limpios como los de cualquier país de la UE, los mecanismos de control del poder funcionan con razonable eficacia y la justicia es tan independiente que puede llevar a la cárcel a un ex primer ministro por corrupción o por violación. Sin embargo, es una democracia podrida desde su raíz porque coexiste con la discriminación de los israelíes no judíos. Aún más: con un doble rasero que, mientras garantiza toda clase de derechos a sus propios ciudadanos, se los niega a los de la Cisjordania que ocupa militarmente con mano de hierro contra la legalidad internacional, mientras les roba impune y descaradamente jugosas y estratégicas porciones de un territorio que la ONU y el mundo entero señalan que tiene otros dueños.

Para más inri, en la Gaza ya no ocupada pero sitiada, las Fuerzas Armadas israelíes, las mismas cuyos jefes han condenado la muerte de un palestino aislado, ejecutan con frecuencia los asesinatos selectivos de supuestos terroristas de Hamás ordenados por el Gobierno -con numerosas víctimas colaterales- y las ofensivas contra la franja que, con bajas propias comparativamente escasas, dejan un siniestro rastro de cadáveres, en su mayoría de civiles inocentes.

Es casi deshonesto escribir sobre el Estado judío sin recordar esta otra realidad que alimenta la inestabilidad mundial sin que se le vea salida, así pasen los años y las décadas. Pero es que, además, en este caso, el resultado del choque de Netanyahu con los responsables de defensa (extensible en buena medida a los servicios secretos) refuerza la vía muerta por la que circula cualquier posibilidad, por remota que sea, de un acuerdo con los palestinos que alguna vez les permita tener su propio Estado, y que, al mismo tiempo, dote a los israelíes de la seguridad que anhelan en una región en la que están rodeados de enemigos potenciales y reales.

No es que cuando los laboristas gobernaban hubiese una auténtica posibilidad de paz, pero incluso en la política de los pequeños pasos, de los teóricos intentos de apaciguamiento y de la apertura al diálogo con los palestinos, puede haber matices y mensajes. Y la falta de matices y el mensaje que acaba de dar el primer ministro resultan inequívocos y fuerzan a olvidarse indefinidamente de la posibilidad de que se abra un proceso negociador con alguna posibilidad de resolver el conflicto.

Lieberman no es un político cualquiera, sino un ultraderechista radical y peligroso que no deja de lanzar mensajes que, si se llevasen a la práctica ahora que está en el Gobierno elevaría la violencia a un grado casi sin precedentes. Por ejemplo, ha lanzado esta amenaza al líder de Hamás, Ismail Haniya: "Si soy ministro de Defensa, te daré 48 horas. O devuelves los cadáveres [de dos civiles y dos soldados] o morirás (…) Ya puedes reservar espacio en el cementerio".

Lieberman, un inmigrante de la Moldavia soviética que vive en un asentamiento judío en Cisjordania es un peligroso provocador. Sólo así puede entenderse que acusara a Netanyahu de desarrollar una política derrotista sobre Gaza o que exigiera el derrocamiento de Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, muy cuestionado entre su propio pueblo precisamente por ser complaciente con Israel. Su currículo incluye también una iniciativa parlamentaria para impedir que los partidos árabes israelíes puedan presentarse a las elecciones, y propuestas como –con la vista puesta en la minoría árabe- ligar la nacionalidad a un juramento de lealtad al Estado judío, ejecutar a árabes condenados por terrorismo y bombardear bancos y centros comerciales palestinos… y hasta la faraónica presa egipcia de Asuán.

La vuelta al Gobierno de Lieberman, que fue hace años titular de Exteriores, y su agenda extremista justifican los numerosos análisis de que el actual Gabinete es el más abiertamente ultraderechista de la historia de Israel. Otra cosa es que tenga peso suficiente como para imponer sus criterios, incluso voluntad de hacerlo a la hora de la verdad.

En cualquier caso, se entiende que los jefes militares estén que trinan por verle de ministro de Defensa. No ya porque no sean cómplices y ejecutores, sin que les tiemble la mano, de brutales e indiscriminadas ofensivas militares en Gaza, sino porque aun así son partidarios de una mayor contención, de lavar un tanto su imagen, de reducir el riesgo de verse un día en el banquillo internacional como criminales de guerra, de defender los intereses nacionales, pero no los particulares de unos partidos o unos políticos. Ya se llamen Netanyahu o Lieberman.

De ahí que los halcones por definición, porque tienen el monopolio del uso de la fuerza, se disfracen de palomas y cuestionen a los dirigentes a los que por principio deben obediencia. Es difícil encontrar palomas genuinas en Israel. Ni entre los políticos ni entre los militares. Pero, como signo de lo diferente que es el Estado judío de todos los demás, ahí queda la advertencia del ya ex ministro de Defensa, Moshe Yaalon, de que hay que frenar las "tendencias extremistas, de violencia y racismo en la sociedad que afectan a su resiliencia y se filtran al Ejército".