El mundo es un volcán

Error fatal de Cameron, víctima de sí mismo

David Cameron, víctima de sí mismo, debe estar dándose cabezazos contra la pared por el error fatal que, sin ninguna necesidad objetiva, cometió al prometer que convocaría un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. Puede que ese compromiso le ayudase a ganar el puñado de escaños que luego le garantizaron su actual mayoría en los Comunes, pero el precio a pagar está resultando demasiado alto, tanto para su futuro político –hoy en grave peligro- como para su propio país y el futuro de Europa.

Si gana el Brexit y a Cameron aún le queda un resto de coherencia esa tremenda bofetada del electorado debería llevarle a dimitir como primer ministro y líder del Partido Conservador. Si pierde el Brexit, aún podrá respirar, no quedará hundido, pero sí muy tocado, con su autoridad gravemente mermada.

La campaña para el referéndum del próximo día 24 ha mostrado una quiebra abismal en las filas de los tories, cuya doble y contradictoria alma –europeísta y euroescéptica- nunca hasta ahora había sido más evidente. Cualquiera que sea el resultado, Cameron no estará en la posición más deseable para resistir los embates a su liderazgo que, por ejemplo, le llueven desde el exalcalde de Londres Boris Johnson, el más activo de los políticos conservadores que apoyan el abandono de la Unión y que en ocasiones muestra modos que recuerdan a Donald Trump, y no solo en su aspecto físico.

Si el Brexit es derrotado, el primer ministro ni siquiera podrá apuntarse el resultado como una victoria personal, y durante mucho tiempo persistirá la sensación de pánico, angustia y vértigo que arrastró durante la campaña y que contagió al resto de la UE. Con las encuestas en contra y no sabiendo a donde mirar en su búsqueda desesperada de cualquier ayuda para salir del atolladero, Cameron no le hace ascos ni al aliado estratégico norteamericano (Obama echó una mano), ni a un puñado de premios Nobel temerosos de un frenazo a la investigación científica, ni a los representantes de los poderes económicos y financieros, ni a los mensajes catastrofistas llegados del continente, ni a tradicionales enemigos de los tories como los sindicatos o la oposición laborista. 

El mismo Gordon Brown, que ya le echó una mano en el referéndum independentista escocés –superado in extremis-, tuvo que salir al quite a última hora con un discurso dirigido más al corazón que al bolsillo de los votantes y en el que defendió el proyecto europeo como la apuesta ganadora por la prosperidad, la paz y la estabilidad en el continente. De esta forma, la campaña antiBrexit invadió un espacio espiritual que, desde un nacionalismo teñido de egoísmo, había venido siendo más bien patrimonio de los partidarios de romper con la UE, aunque fuese con una ambigua y engañosa bandera: Ama a Europa, odia a la Unión Europea.

Con todo, los dos bandos han apelado al bolsillo de los votantes. Para los partidarios del Brexit, la UE es una entidad ingobernable y sin rumbo, incapaz de gestionar los diversos conflictos que le han estallado en los últimos años, y con una miríada de regulaciones y exigencias derivadas del hecho de ser contribuyente neto al presupuesto comunitario. Eso, sostienen manejando los datos a su antojo, hace pagar una costosa factura al Reino Unido que impide reforzar en el país servicios esenciales como el de la salud, fulmina la capacidad de decisión del país sobre sus propios asuntos y facilita la masiva e incontrolada llegada de inmigrantes, que podría agravarse si algún día entra Turquía en la Unión. Además, precisan, el Brexit no tendría por qué impedir (aunque desde Bruselas se niega) la integración británica en el Espacio Económico Europeo, como ya ocurre con Noruega e Islandia, o establecer fuertes lazos comerciales similares a los existentes con Suiza.   

Por el contrario, para los abogados de la continuidad las nuevas concesiones arrancadas por Cameron de sus socios europeos hace unos meses refuerzan la excepcionalidad y la singularidad británicas, frenan los proyectos de más integración europea  a los que se oponía y garantizan que Londres conservará su status de plaza financiera de importancia mundial. Salir de la Unión, prosigue esa argumentación, no solo haría peligrar esa privilegiada situación de la City, sino que reduciría el crecimiento, devaluaría la libra esterlina, haría perder millones de puestos de trabajo y multiplicaría la emigración ilegal. Por no hablar de que supondría una traición histórica al proyecto de integración europea

Las mentiras, la manipulación y los datos falseados proliferan por igual a uno y otro lado del frente de batalla electoral, imposible de delimitar nítidamente con arreglo a criterios partidistas. En el bando del Brexit solo se sitúa de forma decidida el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), mientras que, más allá, aparte de los cada vez más irrelevantes liberal-demócratas y de los nacionalistas escoceses, en los dos partidos troncales, reina la indefinición. De forma de abierta entre los tories, con un Cameron, forzado a dar libertad de voto, desafiado no ya tan solo por buena parte de sus diputados, sino incluso por varios ministros. Por su parte, los laboristas, a priori más europeístas, y marcados aún por la elección como líder del atípico Jeremy Corbyn, han actuado al principio con cierta pasividad, quizás para no hacer el juego al tradicional enemigo conservador. A última hora, sin embargo, ante el avance del Brexit en las encuestas, han unido fuerzas con Cameron.

Caso aparte es el de Escocia, donde los sondeos (al contrario que en Inglaterra y Gales) muestran un claro rechazo al Brexit. En la campaña del referéndum independentista, uno de los principales argumentos utilizados por Cameron fue que, si triunfaba el sí –como finalmente ocurrió-, el nuevo país quedaría excluido de la UE de forma automática, algo que recuerda como una gota de agua a otra al esgrimido por quienes rechazan la secesión de Cataluña.

Puede que esa fuera una de las claves del resultado, pero aquí viene la paradoja: tras dejarse convencer por ese razonamiento, los escoceses ven ahora como, si el Reino Unido se separa de la UE, la única forma que ellos tendrán de continuar en el club comunitario será, justamente, romper con Londres tras convocar otro referéndum que –en esta ocasión sí- lo más probable será que dé vía libre a la independencia.

De hacerse realidad este escenario, Cameron quedará como el político torpe que, por equivocación antes que por convicción, lesionó gravemente el mayor proyecto de integración europea desde los tiempos de Carlomagno y, de paso, permitió que Escocia fuese arrastrada por la riada del Brexit. Desde Europa tampoco se le perdonaría el que, en uno de sus momentos más críticos de la Unión, el Reino Unido olvidase el principio de solidaridad y reaccionase con egoísmo, olvidando que, por mucho que sea una isla, es también un país europeo, por tradición y vocación, y que históricamente ha mostrado y consolidado su grandeza mirando mucho más allá de su propio ombligo.

Cameron ha cometido un gravísimo error de cálculo que tiene en vilo a Europa. Ha demostrado que es un gobernante miope, sin visión de futuro y demasiado pendiente del corto plazo. Y por eso, aunque el Reino Unido siga en la UE y el susto dé paso a un suspiro de alivio, Cameron no merece ni el olvido ni el perdón.