El mundo es un volcán

Los dos votos que decidirán sobre el ‘Brexit’ no estarán en las urnas

Por una de esas paradojas de la vida, los dos votos más decisivos sobre el futuro del Reino Unido en Europa no se depositarán este jueves en las urnas. Uno de ellos, el de la diputada laborista Jo Cox, partidaria entusiasta del Remain, porque ya no está en este mundo; el otro, el de Thomas Mair, su desequilibrado asesino y supuesto defensor del Brexit, porque supongo que no le permitirán ejercer su derecho al sufragio desde la prisión de máxima seguridad en la que está recluido. Sin embargo, si los destinos de ambos no se hubieran ligado de forma trágica al final de la campaña, el resultado del referéndum, muy incierto todavía cuando se abran los colegios electorales, podría haber sido diferente. O no.

Aunque sin rotundidad, y tras semanas en las que las encuestas daban primero ventaja al Remain antes de inclinarse hacia el Brexit, el péndulo de la opinión pública, se supone que muy afectado por el atentado contra Cox, ha oscilado a última hora a favor de un desenlace que permitiría a la UE seguir teniendo 28 miembros y superar así una de las mayores crisis de su agitada historia.

Por supuesto, nada hay decidido porque, como se encargan de resaltar los institutos demoscópicos cuando se equivocan, un sondeo, en el mejor de los casos, es tan solo una foto fija válida en el momento exacto en el que se realiza. Por eso, el pronóstico de hoy puede diferir del de mañana y del resultado de la única votación que realmente cuenta, la que se deposita en las urnas, de forma libre y secreta.

En  cualquier caso, da escalofríos pensar que una decisión que marcará el futuro del Reino Unido y el resto de Europa durante décadas pueda depender de un giro dramático e inesperado de última hora, consecuencia de una tragedia que —bien mirado— no altera en lo sustancial las coordenadas del dilema al que se enfrenta el electorado. Nadie debería pensar que un crimen, aunque la víctima defienda una postura en el referéndum y el asesino la opuesta, convierte en más o menos lógico y razonable votar por el Brexit o el Remain.

No negaré que soy un partidario ferviente de la permanencia del Reino Unido en la UE y que considero la convocatoria de la consulta un error que tiene menos que ver con el ejercicio supremo de la democracia de lo que algunos suponen, y que debería costarle la cabeza a David Cameron. Sin embargo, si por fin la mayoría de los británicos votasen por no quebrar la Unión, la lógica satisfacción no evitaría que me quedase un regusto amargo por la forma en la que se produciría. Sería difícil superar la sensación de que quizá, antes que del análisis objetivo de las dos propuestas, sería consecuencia del asesinato de Cox y, en cierto sentido, la constatación de la gran cantidad de matices que a veces se derivan de la aplicación mecánica de la sagrada regla una persona, un voto.

Resulta inquietante que una cuestión de tanta trascendencia pueda decidirse en una votación en la que el 50% + 1 de los sufragios incline la balanza en uno u otro sentido. Sé que entro en terreno espinoso, que analogías como la de la situación en Cataluña pueden provocar acusaciones de que no respeto la esencia de la democracia. Sin embargo, no puedo evitar el vértigo que me provoca pensar que un resultado poco claro, por una diferencia mínima, sea del signo que sea –pero sobre todo si gana el Brexit-, en el referéndum de este jueves refleje tan solo una foto fija del 23 de junio de 2016, que podría ser diferente si se hiciese la semana siguiente, o dos meses o un año después.

No se trata de cuestionar el derecho de David Cameron a meterse en sembraos tan repletos de minas como el referéndum independentista en Escocia o el del Brexit. En teoría puede que eso le califique como un gran demócrata que ante cuestiones espinosas, opta por dar la voz al pueblo, aunque pocos piensan que ése haya sido su principio rector en este asunto. Sin embargo, cuando menos hay que cuestionar su talento político, que, contra su opinión personal y política, ha puesto innecesariamente en riesgo una arquitectura institucional y territorial que, con sus pros y sus contras, favorece una estabilidad que vale su peso en oro en estos tiempos convulsos.

Si su error de cálculo terminase sacando al Reino Unido de la UE por decisión mayoritaria del conjunto del electorado, la consecuencia casi automática sería que en la europeísta Escocia se convocase otro referéndum independentista que, lo más probable, arrojaría un resultado muy diferente del primero. Algo es seguro: que Cameron –o quien estuviese entonces en el 10 de Downing Street- no podría alegar ya ante los escoceses que ese remain sería la única garantía de permanencia en la UE. De esta forma, el actual primer ministro, que se ha ganado con creces el despido, fracasaría por partida doble.

De ahí el vértigo. Todos los votos valen en teoría lo mismo, aunque no sea ese el caso de los que no pueden emitir Jo Cox y Thomas Mair, pero ¿realmente es lógico que una decisión trascendental que puede ser irreversible durante muchas décadas, y que quizá dependa de emociones y traumas de última hora, o de crisis ojalá que coyunturales como la de los refugiados, se decida por una mayoría simple, incluso mínima, hasta de una sola papeleta depositada en una urna? ¿Sería realmente antidemocrático que en ocasiones especiales se requiriesen mayorías cualificadas, que cubriesen giros de opinión posibles incluso días después de cerradas las urnas?

Nos importa lo que ocurra en el Reino Unido porque forma parte todavía de la UE, la maltrecha supranación en la que más o menos decidimos un día integrarnos, pero también nos interesa por la lectura catalana —y vasca, y quizás gallega— que puede hacerse del referéndum sobre el Brexit. Cuestiones como que se requiera mayoría cualificada para que se separe una región y se rompa el país puede que no tarden en plantearse también en España, en lo que supondría una versión corregida y con más consenso, del derecho a decidir, convertido en uno de los ejes de la campaña para los comicios de este domingo y, con gran probabilidad, de las negociaciones posteriores para formar gobierno. No es un asunto claro, todas las opiniones son respetables, y lo ideal sería que, si llega el caso, se alcanase una decisión consensuada. Para ello, lo mínimo exigible sería que nadie insultase o descalificase como antidemócrata a quien mantuviera una posición diferente de la suya.