El mundo es un volcán

A los ‘tories’ no les gusta marear la perdiz

Está claro que a los conservadores británicos no les gusta marear la perdiz. David Cameron se comprometió a convocar un referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE para antes de finales de 2017, pero, en lugar de apurar el plazo, y midiendo pésimamente sus fuerzas, llamó a las urnas para el pasado 23 de junio. Pese a que había sostenido lo contrario, asumió su responsabilidad por el batacazo electoral y anunció de forma inmediata su dimisión, aunque retrasándola hasta la elección de un nuevo líder que automáticamente se convertiría en primer ministro, lo que debería ocurrir en septiembre.

Se abrió entonces una implacable lucha interna en la que dos traidores terminaron pagando su felonía saliendo de escena: primero el ex alcalde de Londres Boris Johnson –que dejó en la estacada a Cameron- y luego su asesino, el ministro de Justicia Michael Gove. La disputa quedó reducida a dos mujeres: Theresa May , ministra de Interior durante seis años y opuesta al Brexit, y Andrea Leadsom, secretaria de Estado de Energía y ardiente defensora de la ruptura con la Unión. Todo parecía indicar que la decisión final recaería en los militantes del partido, pero Leadsom optó por la retirada con un argumento consistente: que le sería difícil gobernar con una clarísima mayoría de los diputados de su partido apostando por su rival. De forma inmediata, Cameron anunció su retirada definitiva y entregó a May la llave del 10 de Downing Street para este mismo miércoles.

En menos de tres semanas, el ciclo se ha cerrado. Por el contrario, en las filas de la oposición laborista, Jeremy Corbyn se resiste a entregar el testigo, confiando en el apoyo de las bases que le auparon al liderazgo, pese a haber perdido una moción de censura interna entre su grupo parlamentario. El contraste es también brutal con lo que ocurre en España, donde llevamos más de seis meses de Gobierno en funciones y, a estas alturas, tras dos elecciones, ni siquiera está claro que no estemos abocados a unas terceras.

No se puede negar que los tories han ofrecido un ejemplo de libro de cómo gestionar una transición sin demoras que sólo contribuyen a la ceremonia de la confusión. Ahora solo falta que May se muestre tan resolutiva –y rápida- a la hora de invocar el artículo 50 del Tratado de Lisboa, lo que haría que se pusiera en marcha el proceso de dos años para negociar los términos del Brexit. Y no ha dejado margen de duda sobre lo irreversible de la decisión: "Brexit significa Brexit, y vamos a hacer que sea un éxito".

De entrada, es una incongruencia que una partidaria de seguir en la UE sea quien negocie los términos de la desconexión con Europa, aunque, pese a su reconocida aversión a las medias tintas, May se las apañó para hacer campaña en contra del Brexit con una calculada falta de entusiasmo, cercana a la ambigüedad. Sin embargo, eso puede ganarle una acogida menos hostil en sus contactos con los líderes comunitarios, así como una mejor posición de salida para cuadrar el círculo de abandonar la Unión… pero lo menos posible. Es una cuadratura del círculo no tan imposible como podría parecer y que dependerá de la línea por la que finalmente se opte desde el otro lado del canal de La Mancha: o bien la moderada que intente preservar lo fundamental de unas relaciones de importancia vital para ambas partes, o bien la dura que intente evitar el efecto contagio en países donde el euroescepticismo y el secesionismo es cada vez más fuerte.

Entre tanto, se intenta trazar el perfil de la nueva primera ministra británica, interpretando antecedentes familiares, gestos, declaraciones y forma de dirigir el ministerio del Interior, sin que con ello se desvele lo que no deja de ser un misterio que solo el tiempo se encargará de descubrir. Lo que se sabe –o se cree saber- es que no se casa con nadie, que no ha comprado votos de los diputados con promesas de cargos en el gobierno, que no es fácil trabajar con ella, que no le preocupa demasiado caer bien y que adopta una actitud de "o me tomas o me dejas", lo que no excluye que sea capaz de cambiar de opinión si se la rebate con argumentos sólidos.

Esto en cuanto a su carácter, lo que avalaría su comparación con Thatcher. Sobre su ideario político, se sabe que, desde Interior, defendió una línea dura en temas migratorios –clave en el triunfo del Brexit- y que, mientras estaba en campaña para liderar el partido, defendió la necesidad de una profunda reforma que contribuya a crear una sociedad más justa e igualitaria. Porque hoy, aseguró, si naces pobre vivirás nueve años menos, si eres negro serás peor tratado por el aparato de justicia, si perteneces a la clase trabajadora te será más difícil acceder a la universidad, si eres mujer ganarás menos que un hombre por el mismo trabajo, si eres joven te será más difícil que nunca tener tu propia vivienda.

Su objetivo declarado es una profunda reforma social que beneficie a la mayoría de la población y cercene los privilegios de la minoría más rica y de los poderes financieros y económicos, una reducción de la desigualdad que suena más a utopía que a realidad y que –no hay que olvidarlo- choca frontalmente con la tradición conservadora y con la gestión de David Cameron. Llegados a este punto, se trata de una cuestión de credibilidad, o más bien de la falta de ella porque, si May fuese sincera, lo que no se entendería es que militase en las filas tories y no en las de la oposición laborista.

En resumidas cuentas, May es un misterio. No sabemos quién es, solo quién dice ser. Pero conviene no olvidar a qué partido pertenece, que nunca se ha sentido incómoda dentro de él ni se ha desmarcado de la línea oficial, y que el aparato conservador nunca le permitiría desarrollar un programa progresista. Con todo, nadie puede negarle el beneficio de la duda. Cameron, que se va por la puerta falsa, ni siquiera se ha ganado ese derecho.