¿Y si el golpe turco hubiese triunfado, como el egipcio?

Nadie que se considere demócrata puede alegrarse del éxito de un golpe militar contra un Gobierno democráticamente elegido, así que hay que aplaudir la reacción unánime de condena fuera de Turquía al intento de un sector del Ejército de derribar por la fuerza al Gobierno del islamista Recep Tayyip Erdogan. No obstante, cabe prever que otro tanto habría ocurrido en Egipto si el régimen presidido por el islamista Mohamed Mursi hubiese desarticulado la intentona de julio de 2013. Pero no fue así, y resulta llamativo que, pese a tratarse de un  problema similar pero con dos desenlaces opuestos, Occidente se haya puesto en ambos casos del mismo lado: el del bando ganador, golpista en Egipto, legitimado por las urnas en Turquía.

A la vista de lo ocurrido en el país del Nilo, de cómo se ha consolidado el mariscal Al Sisi en el poder, y de cómo justo tres años después nadie osa recordarle, pese a la represión feroz de toda disidencia, que lo alcanzó por la fuerza de las armas y contra la fuerza de los votos, parece legítimo preguntarse si no habría ocurrido algo parecido en Turquía si Erdogan no fuese hoy un reforzado presidente, sino un exiliado, un preso o un cadáver.

Aunque a los líderes mundiales se les llene siempre la boca con la palabra democracia, a la hora de la verdad el principio que suelen aplicar es pragmatismo, aunque cuadraría mejor el de cinismo. Por eso, no cabe descartar que, de prosperar la intentona militar, y tras una etapa inicial de tibia y calculada condena al golpe en la que se demandaría la devolución lo antes posible al pueblo de la soberanía a través de las urnas, se fuese moderando el discurso incluso al extremo de no cuestionar demasiado el resultado de unas futuras elecciones diseñadas a la medida para consolidar el proyecto político de los golpistas.

El camino hacia la legitimación del nuevo régimen,  pese a estar manchado de sangre, se allanaría con el recordatorio de una serie de verdades incontestables, como que Erdogan ha utilizado sus amplias mayorías electorales para consolidar un poder personal al que falta poco para ser absoluto y que pasa por la represión de la disidencia, las purgas en el Ejército y el aparato de justicia y la persecución de los periodistas y l,os medios de comunicación no afines al régimen. En cuanto a la libertad de expresión, Turquía ha pasado en la clasificación de Freedom House de “parcialmente libre” a “no libre”, lo que resulta totalmente incompatible con la aspiración de Ankara a ingresar en la Unión Europea.

En el fondo, subyace la misma acusación que en Egipto: que, como Mursi y los Hermanos Musulmanes, Erdogan y su AKP no creen en la democracia, sino que la utilizan únicamente para consolidarse en el poder, islamizar las instituciones y, de forma paulatina pero imparable, destruir el sistema democrático. De la denuncia de esta supuesta agenda oculta se derivaría el intento de los militares rebeldes de justificar su intentona, no como un ataque a la democracia, sino como la única forma de preservarla. Se trataría, por supuesto, de un razonamiento falso y viciado, pero que, llegado el caso, podría bastar para que un Occidente preocupado sobre todo por la estabilidad de un país de importancia estratégica clave, hiciese la vista gorda y, a medio plazo, aunque con reticencias, terminara aceptando a los nuevos gobernantes de Ankara.

O sea, como en Egipto. Porque si algo ha quedado claro en las últimas décadas es que Occidente tiene una doble vara de medir cuando de libre expresión democrática se trata. Se vio en Argelia cuando el triunfo del Frente Islámico de Salvación parecía inevitable, tras una triunfal primera vuelta electoral, a la que siguió la toma del control por los uniformados. Y en Palestina, cuando Hamás arrasó en los comicios, pese a lo cual se le arrebató el Gobierno de Cisjordania y solo a duras penas pudo conservar el de Gaza. Y por fin en Egipto, cuando los Hermanos Musulmanes – solo en parte por culpa de sus propios errores- vieron cómo su rotunda victoria en las urnas se convertía en la antesala de la ilegalización y de la condena de sus líderes a cadena perpetua o a la pena capital.

¿Por qué tendría que haber sido de otra forma en Turquía? Si acaso, la diferencia estaría marcada por el hecho de que Erdogan, pese al juego sucio para reforzar su poder hasta rozar lo absoluto, ha demostrado que es capaz de graduar el desarrollo de su proyecto islamista hasta hacerlo tolerable para Occidente. Y lo más importante: hasta ahora lo ha hecho compatible con seguir siendo socio leal de la OTAN, eterno aspirante al ingreso en la UE, clave para el desarrollo del conflicto que ensangrienta Oriente Próximo, tampón eficaz aunque de alcance limitado contra el terrorismo yihadista en Europa, y filtro del abrumador flujo de refugiados que ha puesto a la Unión en su momento más crítico.

Así que lo más probable, es que la reacción occidental al golpe, en el caso de que hubiese triunfado, habría estado marcada por la prudencia, la cautela y –por supuesto- el inevitable pragmatismo, en espera de que el nuevo régimen definiese su orientación que, en buena lógica, habría afectado más a las cuestiones internas que a las externas, y no tendría por qué haber lesionado las buenas relaciones con la OTAN y la UE. Eso sí, la aspiración de más de medio siglo a integrarse en Europa, icono histórico de la modernización y el progreso del país, habría entrado de nuevo en el congelador, un sitio no muy alejado de la parte alta del frigorífico en la que ahora se ubica.

En este contexto hay que situar esas pocas horas en las que, con los tanques en la calle y el poder sin un dueño claro, los dirigentes europeos optaron por el silencio, con justificaciones explícitas o implícitas tan diversas como que estaban durmiendo en Mongolia, concentrados en la gestión del día después del brutal atentado yihadista de Niza, enfrascados en la búsqueda de un acuerdo de gobierno, o simplemente a la espera de que se clarificase la situación. A fin de cuentas, lo que quedará para la historia es que Erdogan contó con la unánime solidaridad internacional en su hora más peligrosa, o justo después de la misma, para ser más preciso.

En vista de las circunstancias, el desenlace ha sido el mejor posible. Lástima, sin embargo, que a la postre ese triunfo de la democracia haya contribuido a reforzar a un Erdogan que, de forma inmediata, ha ordenado miles de detenciones de mandos militares y la destitución de la cuarta parte de los jueces y fiscales que habían escapado de anteriores purgas. Es muy probable, además, que aupado en su nueva aureola de héroe, consiga los cambios constitucionales que dejarían todo el poder en sus manos, hasta igualar e incluso superar al que bien podría ser su modelo: Vladimir Putin. Estaría bueno que el fracaso de un golpe militar injustificable, puro y duro,  alentase lo que bien podría calificarse de golpe democrático que en nada contribuye a salvar el abismo entre las dos partes de una sociedad dividida.

Atatürk, fundador de la república laica y con los militares de árbitros severos, debe revolverse en su faraónica tumba de Ankara ante el rumbo que toma el proyecto que diseñó para meter a Turquía en la modernidad.