el pingue

Cazuelas para un montepío

La sartén en la que  Esther hace las tortillas en Villaco se la regaló su suegra hace más de 60 años. Es de hierro, negra, domada a fuego de leña sobre la chapa de la bilbaína, ahora encima de un fogón Teka. Junto a la sartén, en la alacena, guarda una piedra rodada, del tamaño de un puño, con la que golpea los filetes antes de freírlos....

Mi abuela no conoce Le Creuset, ni falta que le hace, pero sí recuerda cazuelas de hierro y de cobre que, puestas sobre la trébede, cocían más patatas que carne, más huesos rancios que ibéricos. Eran años en los que las cazuelas tenían historia: las de barro se reparaban con alambre a la más mínima grieta y si merecían la pena, las de cobre se limpiaban y pulían. Pasaban de generación en generación y cada vez que en ellas se cocinaba se rememoraban guisos, manos diestras, fiestas y penurias. Las cazuelas hablaban.

Comencé a comprar cazuelas hace años. Las tengo de barro, de acero -regalo de boda- y estas francesas de Le Creuset. Me gusta mirarlas tanto como a los seguidores de Apple sus máquinas. Creo que soy un enfermo pero me veo dejando de cocinar dando vueltas a la cuchara y rascando el fondo de las ollas naranjas. Quizá lo haga tomando té con el agua que calienta la kettle o comiendo un pastel de caza, o de crestas y patas de pollo, o de conejo, ...., o lo que el médico decida: puerros, calabacín,...

Las cazuelas, como las "gabachas", como las de la Esther, deberían poder ser adoptadas, cedidas por unos meses o años, donadas, heredadas, empeñadas en un Montepío.