A trufas

Lo grande de toda esta historia es que yo no sabía nada hasta que bajé de la ranchera y me abracé a Martí y Mari. “Que sepas que tienes una sorpresa. Vas a ir a por trufas”. Silencio. Eso es lo que pude hacer: no hablar y casi soltar una lágrima.

El piano bar del hotel Carlemany marcará un antes y un después en mi percepción sobre la hotelería y sus ambientes. Fantásticos los gintonics, genial la compañía y el diálogo hasta el cierre. También fue un hallazgo el Divinum de Girona, un local repleto de vinos, con alguien al frente que sabe de ellos; la cena,  buena compañía, Gago, Felloza y un par de bodegueros galegos estupendos, de los que, por cierto, no he probado su vino.

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Serían las dos de la madrugada cuando logré dormir, nervioso, como el día de reyes cuando tienes diez años y estás a punto de descubrir quienes son los que dejan regalos, aunque conservas, casi razonadamente, la ilusión de que es algo mágico.

A las siete de la mañana me recogió Fernando y nos fuimos a buscar a Jaume a un pueblo carretera de Olot. Allí, con los perros de ambos y un todoterreno, nos adentramos por pistas forestales a la búqueda de ese misterio que son las trufas.

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Los perros agachaban el hocico mientras sus ojos miraban al frente, casi un ritual como el del catador de vino. Se detenían, rascaban la tierra y Fernando o Jaume, con una caricia, les retiraban mientras con el machete rodeaban la zona donde segundos más tarde aparecería la trufa.

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Desenterré una,  olí la tierra, me enganché al olor más que a su sabor y, hoy en día, sueño con un campo trufero casi tanto como los jabalís que bajan y, volviendose locos,  remueven la tierra arrastrados por las deliciosas tuber.

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Quizá nunca sepa mucho de trufas ni de otras muchas cosas pero esa mañana descubrí qué era lo que hacía que la gente se derritiera ante semejante joya.

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Sólo me queda agradecer a Fernando y a Jaume el paseo, su cercanía y su complicidad al enseñarme el camino hacia la felicidad: buscar y encontrar.