el pingue

"¡No quiero volver al restaurante!". Jörg Zipprick

 

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"Pues no vuelva, eso sí, si lo hace llévese una libretita y apunte bien porque justo cuando usted comió allí, casi seguro que era yo quien le hizo la brocheta de lenguas de pato y morralets. Puede que le montara el plato de tagliatelle de consomé de ave, no de trufa, como dice. Es posible que usted entendiera que se usaba glutamato monosódico pero en todos los días que pasé allí, y fueron unos cuantos, no vi un bote de caldo concentrado ni nada parecido que indicara ese ingrediente, y le aseguro que pasé por todas las partidas de la cocina".

Algo así le diría a J.Z. si pudiera hablar con él. Reconozco que me puse a leer el libro y al principio no sabía si era el escrito de un cliente malhumorado, el de un trabajador desilusionado o el de un típico "troll", de los que abundan en la red. No, es peor. Es un periodista que basándose en sus investigaciones monta una cruzada, negro sobre blanco, contra la "cocina molecular" y por extensión la de este país, eso sí, hablando maravillas -¡menos mal!- de Simone Ortega y sus 1080 recetas. ¿Conocerá algún libro más el bueno de J.Z? Pues parece que no muchos. Habla J.Z del libro "Los secretos del Bulli" como del primer libro de Adrià, es decir, desconoce absolutamente el comienzo de la historia del Bulli y la cocina que hacía Adrià recogida en "El sabor el Mediterraneo", libro imprescindible y desgraciadamente descatalogado.

Desde aquí digo ya, de saque, que me da igual si gana o no dinero Adrià y Blumenthal -están en su derecho- con sus ensayos gastronómicos. Me parece bien que la UE subvencione a la industria química y, por ende, a estos cocineros si sus investigaciones son en beneficio del ciudadano. No cuela que diga que paga dos veces al pagar con sus impuestos la investigación y luego el plato, pues entonces usted pagaría dos veces por todo -medicinas, combustibles, electricidad, .......-, y sobre todo, no me parece adecuado que usted quiera con su libro hacer sonar la alarma del envenenamiento masivo. Hay momentos, durante la lectura de este libro, que pienso en si cada vez que tengo estreñimiento o diarrea es por culpa de Adrià y la cocina molecular. ¡Me asusta el tema, oiga!.

Cada cual que saque sus conclusiones con la lectura del libro, pero me parece que es como su portada, un libro amarillo, previsible, en el que se denigra a Adrià, Blumenthal y a todos los que utilizan aditivos, aprobados por Sanidad. ¿Que estos productos han de ser dosificados y manejados con destreza? Completamente de acuerdo, como también, y usted no habla de ello J.Z, la sal, el vinagre, incluso la ingesta de agua, y si no pregunte a alguno de los nutricionistas que menciona.

Otra pregunta que me surge es si a usted no le preguntaron en el Bulli si era alérgico a algún producto antes de comenzar a comer. También me sorprende que no quisiera decir qué usa en sus platos Adrià. ¡Si lo publica!

Si todo lo que usted cuenta es cierto, si todas las conclusiones que usted saca son verdad, si el humano está en peligro por culpa de la industria química, ¿qué sucede para que cada vez haya más esperanza de vida? Bueno, es una pregunta inocente aunque no sé si ingenua por mi parte. Me preocupa más lo esquilmado que está el mar.

Estoy a favor del productor, del producto, de la pesca tradicional, de la agricultura y la ganadería racional, y también, cómo no, de la vanguardia y de la investigación. Usted, por lo que se ve no. No se lo preprocho.

El día que se demuestre, científicamente, que el consumo que se hace de esos ingredientes durante un menú degustación afectan gravemente a la salud y provocan, entre otras cosas, cancer con tan sólo una visita, seré el primero en plantarme en la puerta de las casas de estos señores con la policía y una denuncia por envenenamiento. Por cierto, esa lista de aditivos o parecida la tengo desde que mi profesora de nutrición nos la dio en el 95. ¿Usted cree que los gobiernos o los médicos dejarían que se suministraran alimentos cancerígenos desde la primera toma?

Hace dos años que fui a El Bulli, éramos ocho personas entre las cuales había una  embarazada, tomamos el mismo menú a excepción de carnes crudas para ella, y cuando terminamos no nos sentimos estafados, comimos producto, nos divertimos, fue un día muy feliz y lo recordaremos como una experiencia fantástica. Ahora bien, no iría cada día a comer allí, como tampoco comería todos los días cocido, ni pizza, ni guisantes, ni arroz, ni nada. Y por cierto, el estómago perfecto, de cena, pues era domingo,  nos empujamos unas butifarras maravillosas.

¿Habría que poner en la carta todos los ingredientes que se dan al comensal? Hablemos de ello. Ese sí me parece un debate por el que, disculpemé, se podría haber ahorrado el libro. Con una columnilla lo habría solucionado. A mí, personalmente no me parecería mal.

P.D: el libro me ha sido facilitado gracias a De Re Coquinaria pues, a través de ellos, la editorial AKAL me ha hecho llegar el ejemplar. Gracias a los dos.