el pingue

Obleas

El ascensor del hospital no tenía espejo. Marcelo sabía que en muchos centros de salud los quitaban para así evitar que el enfermo se viera desmejorado y fuese peor el momento de la consulta. A pesar del inconveniente fue previsor y se cambió los zapatos de trabajo por los de calle al salir del Café Lisboa.

Se pasó en el trayecto que va desde el primero hasta el sexto piso colocado detrás de una monja, acicalándose, pasándose el pañuelo por la boca para desprender las migas que suponía podría tener pegadas al bigote. En la otra mano una bandeja de empanadillas envuelta en papel de aluminio. Chenchas las llamaba él, en honor a Vicenta, la enferma.

 

Todos los martes Vicenta se medía la tensión con la enfermera y paraba en el café a tomar un descafeinado de máquina y una empanadilla. Marcelo no recordaba los días que había dejado de pasar aunque sí aquel  en el que las preguntó, a ella y a sus amigas, si querían algo más:

-Quieren algo más

-No, gracias, ¿molestamos?

- No, no, qué va. Como las veía en silencio....

Se reía recordándolo:

-Son unas tacañas, ¡no me fastides!. Sólo comen por ahí si las invitan.

Se apreciaban tanto que, en navidad, ella  le regalaba una tableta de turrón "del duro" , de su pueblo de Alicante, presentado dentro de una caja de madera y con el sello de la D.O. Él, a cambio, la preparaba para cenar una bandeja de empanadillas de atún, pimiento verde, cebolla, tomate y huevo duro, como las de siempre, eso sí, repulgadas como ella le había enseñado en vez de pinchadas con el tenedor. "Así lo hacíamos en Argentina, cuando vivíamos allí, Marcelo".

Era el treinta y uno de diciembre y ella no había pasado en toda esa semana de fiesta, por eso, al enterarse de su enfermedad, Marcelo se fue al hospital a verla y a cumplir con la tradición.

-A quién buscaba

- A Vicenta Xátiva

- Ya no está. Falleció ayer.¿Es usted Marcelo?

- Sí, soy yo.

-Vicenta dejó esto para usted. Su sobrina, claro.

 

 

 

Letrasjuntas nº16