Lluvia, mermelada, café y Bach. “Urracast”

Hay cosas que un amo de casa, como yo, ha de hacer y son poco reconocidas. Una de ellas es limpiar las ventanas y los cristales, algo que hice el martes. La “chaqueta” que me di fue de campeonato, hasta el punto que, como no me quité la camiseta al estilo Fama, tengo  moreno tetris,  ese que tienes que complementar en verano, tapando brazos y cuello para adquirir un tono más uniforme. ¡Otro año más que no podré hacerme el “chulopiscinas”!.

Sin embargo, hay cosas impagables en los días nublados y es ver cómo tropiezan las gotas en las ventanas y se escurren lentamente hacia el suelo. Amo la lluvia, el olor barro húmedo de después, las nubes gris ceniza y el primer rayo de sol que se hace un hueco y sólo ilumina un trozo del campo donde empiezan a verdear los brotes de cebadas y trigos.  A veces, al escampar, se posan en la terraza una pareja de gorriones, canturrean sin descaso hasta que tras un pequeño brinco callan, encogen sus patas y vuelan hacia otro alero de la casa. Me ven espiarles, comprobar cómo su plumaje está seco e inflado. Son amantes.

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El año pasado, ellos u otros, tenían su nido en una picea que Sabino me regaló. Este año desplacé el arbusto y creo que no han encontrado la puerta de su casa. Diferente este sentimiento al de mi adolescencia cuando, carabina en mano, abatíamos pajaritos y tordos para luego comerlos en la bodega.

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Untaba y untaba en pan la mermelada de Del Monte de Tabuyo, al ritmo de Bach y de sus 6 Suites a Violoncello Solo Senza Basso mientras, de reojo, he visto una urraca, posada en la mesa de la terraza, sóla, amenazante, haciéndose dueña del espacio, sacudiéndose la humedad de su plumaje y echando un ojo a mi cerezo. Sé que espía la floración,  sabe que, tarde o temprano, el garrafal de Toro dará frutos  y, ella o él,  estará allí para dar buena cuenta de las guindas. Son como trolls, blancos en apariencia, oscuros en intención, que vagan entre arbustos, árboles y parques, buscando sorprender, con la única intención de sobrevivir a su pena: el rechazo general.

Dice Eduardo Nogueras Ocaña:

“El reclamo  de la urraca es un sonido alarmante, un repetitivo “chak-ak-ak-ak-ak”, aunque realiza otros sonidos parecidos, todos son algo estridentes. Tienen habilidad para reproducir voces humanas, aunque esto es más habitual en individuos que están domesticados.

Ahora escucho jazz en la  radio de Spotify. (Gracias Juan A.G)