Restaurante in itinere

La única mirada que recuerdo del viaje en metro es siempre la misma, la que me dedican quienes han de retroceder para dejarte paso. Siempre, con la cabeza gacha, dirigen la mirada a los tobillos, agarrando con furia la argolla y empujando con el pie la bolsa de deporte para apretarla junto a la otra pierna. Con la mano libre, abren de nuevo el libro forrado en papel de periódico y sujetan el tocho abrazándolo con cuatro dedos,  mientras el pulgar presiona con fuerza la intersección de las dos páginas que están leyendo. Cuando el metro se detiene en la siguiente parada cierran el libro, se encorvan hacia adelante, agarran con decisión el bulto y envisten a la salida dejando lánguidos los hombros, para no hacerse daño y así adaptarse a la puerta, a esa gatera que a veces es la corredera.

La linea uno nos llevó a destino. Nuestra mesa es la del rincón. Detrás de mí la cocina, el ruído de los platos, de los pasos, de los fastos, sí, porque me siento inmerso en un día festivo, un día para pasarlo bien, para abandonar la rutina y reír. Quien nos atiende no lo hace, tan sólo nos agradece el entrar a su casa y nos «conmina» a sentirnos a gusto, sin pretensiones. Nos solicita, sin pedirlo, que abandonemos las expectativas y disfrutemos de un día, tan sólo, tanto….

En la mesa de al lado, dos mujeres saborean unos lingüini con trufa mientras la otra huele los raviolis de espinacas. A la mitad del plato, mientras bebo agua y repaso la carta, una de ellas saca una guía de ocio y revisa las fechas y horas para el teatro. Imagino que  son actrices que vuelven a la ciudad para ver la obra que algún día representaron, montadas en un bus, compartiendo ruta con titiriteros, faquires y charlatanes de crecepelos. Comparten postre y cuenta.

Enfrente, cuatro mujeres excelentemente vestidas y peinadas apoyan sus gafas de vista cansada y colores pastel como si fueran diademas sobre su cabellera, adquiriendo un estilo desenfadado. Piden comida para compartir y ríen, como en  una reunión de antiguas alumnas de las monjas teresianas, la misma situación que cuando salen de cena con sus maridos y estos ocupan un ala de la mesa; como en misa de domingo, mientras ellas se abanican dentro del templo encalado y ellos se atusan el pelo y estiran su corbata, como dos mundos tan sólo conocidos, tan sólo compañeros de actividades, tan sólo un beso en la mejilla para desearse paz.

Al lado, una pareja habla casi susurrándose, con complicidad. Él lleva un fular de seda y estampados de flores, su compañero, otro de gasa anudado. Apenas se agachan sobre el plato para comer, sus manos angulosas agarran el tenedor y el cuchillo acariciándolos, casi ni  se nota la fuerza con la que cortan la pizza. Cuando termina la sobremesa, uno de ellos, mientras su pareja se levanta a pagar, saca de su bolsillo una cajita y se coloca los braquets, evitando que quien le acompaña vea su pequeño secreto. De inmediato, quien se había ido llega, le recoge, mira a un lado y al otro y me descubre.

Llega el maître.