“Una golosina” Muriel Barbery

No entiendo bien el mecanismo mental por el que puedes estar mirando a alguien sin oír nada para, en un momento,  regresar y mantenerte inmóvil hasta repetir varias veces las palabras, procurando que cada vez se graben más profundas….. La noche que oí en Zaragoza “Una golosina” estaba enfrente de la editora del libro.

Al día siguiente, entre ponencia y ponencia la pregunté por el título y el nombre de la autora. Jamás había oído hablar de Muriel Barbery. Al momento, se acercó a su maletín y me regaló el ejemplar ante mi insistencia de comprarlo y pagarlo.  Acepté el libro y noté que quien me lo entregaba -qué elegancia la suya-no necesitaba que le dijera que si no me gustaba no iba a hablar de ello.

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Una Golosina es un libro duro, un libro que ajusta cuentas pendientes, que minimiza el oropel y pone énfasis en una de las verdades absolutas sobre los sentimientos en gastronomía: la memoria a veces da placer y otras pudre.

Lo leí un día de viento en Tavernes de Valldigna, bajo la sombrilla de rayas blancas y azules, antes de que ésta se doblara y saliera corriendo pizpireta por la arena  y sus varillas dejaran una marca paralela a la que habían dejado las patas de una pajarota gris y blanca. Lo terminé despues de regresar a casa de madrugada, con el mismo olor a pólvora en la noche de San Juan que el de mi niñez, el mismo que dejaban en mi mano los petardos de colores con estrellas blancas de “a dos pesetas”.

El libro publicado por Zendrera-Zariquiey es eso, una gominola no apta para críticos y/aspirantes. O sí.