Calima 2010

Quedan tres servicios. En el ventanal tan sólo el reflejo de las lámparas de diseño plástico. Al fondo, suspendido en el horizonte, un barco del que sólo se distingue la luz del farol. Llueve…..

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Las nueve y media es la hora perfecta”.

Son las nueve y media y estamos sentados en Calima.  El personal de sala situado alrededor de las mesas sonríe, saluda, invita, cede el paso, transmite algo que va más allá de la profesionalidad y del respeto. El cristal separa la cocina de la mesa. Hago una foto y al revisar veo que no están solos. Quizá ellos son los únicos que  no se mueven pero por lo que veo mantienen la atención. Allí, en la línea media del horizonte de la mesa de pase, están Ratatouille y  los demás, vigilantes….


De niño comía con las manos, como así comienza el menú. Croquetas que no lo son, turrón reinventado, palomitas,… todo un placer para los dedos y el espíritu. Nada es lo que parece y poco de ello se diferencia de lo que imaginas. ¿Será así toda la cocina de Dani García?

El servicio continua atento; campanas que se levantan al unísono, vino que se presenta, pan que se transporta con orgullo y sin ser maltratado. Comienzan a entrar los demás comensales. Al sentarse, los de mi alrededor,  por unos segundos se dedican a mirarse a los ojos, a sonreír, a levantar las cejas, a girar la cubertería y, por fin, “qué bien”.

La “mano” de Dani García la conocía ya de Ronda. El día anterior habíamos hablado de lo divino y humano, recordando el guiso de trigo, el mil hoja, y lo rápido que se olvida lo creado y lo lejano que queda todo lo que no se haya hecho hoy.

Cenar en Calima es  un placer. La certeza de estar asistiendo a la eclosión de un cocinerazo desde la sencillez, comprobar que es cierto, que está rodeado de un equipo al que el día anterior mostró respeto y predilección. No podría hablar de qué me ha gustado más pero sí puedo decir que no me he perdido, que he viajado por varios rincones de Andalucía, que he comido y bebido vinos de la zona, que he estado a veces asomado a la vanguardia pero siempre asomado y regocijado en lo cercano, lo entendible, el sabor como principio y fin.