Una pesadilla

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Fueron 90 minutos de tortura y horror los que dos niños de 11 y 10 años infligieron a otros dos niños de edad similar en la localidad británica de Edlington en abril de 2009. Es otra historia de violencia extrema protagonizada por menores que revuelve la conciencia de los habitantes de este país, permite a los políticos utilizarla para ganar votos y revela que los servicios sociales tienen una inmensa responsabilidad en los casos de familias con padres irresponsables.

Ambos han sido condenados por un tribunal a un internamiento indefinido en un centro de menores que no podrá  ser menor de cinco años. Pasado ese tiempo, sólo podrán ser puestos en libertad si las autoridades deciden que ya no son un peligro.

En una mañana de sábado, los dos agresores convencieron a las víctimas, que tenían entonces 11 y 9 años, para que les acompañaran a un bosque cercano, donde les sometieron a todo tipo de humillaciones. Les robaron el dinero, les golpearon y les obligaron quitarse los pantalones y la ropa interior. Tumbados en el suelo, los niños recibieron golpes y patadas, mientras los agresores les lanzaban piedras y ladrillos. Llegaron a grabar algunas imágenes con un teléfono móvil. La pesadilla no terminó hasta que se cansaron.

A los policías que los detuvieron, les dijeron que habían parado porque les dolían los brazos. No había ningún signo de remordimiento ni culpa. Y lo hicieron sólo porque estaban aburridos.

Los acusados no mostraron ninguna emoción cuando el juez leyó la sentencia: “Esta violencia sádica y prolongada no tenía otra razón que disfrutar de la humillación de otros”. Los niños procedían de una familia que ya era conocida por los servicios sociales. El caso supone un gran fracaso de las autoridades locales que hace tiempo tendrían que haber intervenido y por eso han pedido disculpas. Los niños habían sido entregados a una familia de acogida, pero está claro que llegaron demasiado tarde.

El ambiente familiar estaba lleno de violencia y abusos. El padre, alcohólico, pegaba a su esposa con frecuencia delante de los hijos. El hijo mayor consumía en ocasiones cannabis. Todos los menores veían las películas de horror más salvajes. La Policía estudia presentar una acusación contra los padres de los agresores.

David Cameron no ha tardado prácticamente nada en rentabilizar políticamente este crimen. Es cierto que ha coincidido esta mañana con la presentación de una iniciativa política y que le han preguntado sobre el tema. No es menos cierto que no lo ha considerado como lo que es, una aberración. Ha dicho que no es un «caso aislado», sino un ejemplo de lo que ha llamado la «recesión social» de Gran Bretaña.

¿Puede un Gobierno impedir que algo así ocurra? Puede destinar más fondos a los servicios sociales (es seguro que el próximo Gobierno británico, quizá dirigido por Cameron, los recortará, como ocurrirá con la mayoría de los ministerios). Puede cambiar las normas de actuación de esos servicio, pero es poco probable que impida que niños que no han disfrutado de ningún tipo de educación se comporten como salvajes.

Iñigo Sáenz de Ugarte