Boris Johnson nunca decepciona

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Todos los partidos deberían tener a un Boris Johnson. En esta época en que los políticos repiten como robots las consignas que llegan del cuartel general, se agradece que algunos se salgan de la partitura. Y el alcalde de Londres es experto en sacar a pasear la lengua siempre que le apetece. Se ha perdido la cuenta de las veces que ha prometido a la plana mayor de los tories que se controlará, que no se saldrá de la línea oficial del partido. No importa. A las pocas semanas, Johnson vuelve a reincidir.

La última tiene que ver con los pronósticos electorales de los conservadores. Como todo partido que va por delante en las encuestas, no quieren que parezca que dan por ganadas las elecciones. En primer lugar, porque todo puede ocurrir y de hecho la ventaja se ha ido reduciendo, muy poco a poco eso sí, en los últimos meses. En segundo lugar, porque daría una imagen de arrogancia que es precisamente algo que pretenden evitar.

Y en tercer lugar, nadie quiere desmovilizar a sus propios votantes con la idea de que la victoria está en el bolsillo y no hay que asumir grandes sacrificios para obtenerla. Por ejemplo, si llueve en el día de las votaciones.

Pero un micrófono delante de la cara de Boris Johnson es una tentación irresistible. Le han preguntado si cree que los tories ganarán en las urnas. Desde luego. ¿Con qué diferencia de escaños sobre la mayoría absoluta? ¿20, 30, 40,  50? Por ahí arriba, ha dicho, 40 al menos.

Y David Cameron vuelve a pegarse cabezazos contra la pared. ¿No le habíamos dicho que no dijera eso? Es posible, ¿pero cuándo ha hecho caso Boris?

Johnson es un caso típico de político Teflón. Le resbala todo. Cuando ha parecido que su carrera estaba tocada, volvía a reaparecer, y con más fuerza. Empezó su carrera periodística en The Times (igual lo de bocazas le viene por haber sido periodista) y le pillaron inventándose la cita de un historiador. Otro habría muerto antes de empezar, pero él no. Fue trasladado de puesto y conservó el empleo. Labró una carrera más sólida como corresponsal del Daily Telegraph en Bruselas, dando pábulo a cualquier noticia, por mínima que fuera su veracidad, que pudiera dejar en ridículo a las instituciones europeas para solaz de los lectores euroescépticos del diario (casi todos). Ahí jugaba en casa. Aunque al Gobierno de John Major le hubiera gustado que otra persona ocupara la corresponsalía, tenía el apoyo de la empresa.

Volvió a Londres para dirigir la revista Spectator y, tiempo después, entró en política haciéndose con un escaño tory en el Parlamento. Mantuvo los dos puestos en una bicefalia que seguro que le iba a dar problemas, y vaya si se los dio. El Spectator es una revista por cuyas venas corre sangre tory, pero hay que decir que a Johnson no le importaba que en ella aparecieran artículos críticos con la dirección de los conservadores.

Para terminar de arreglarlo, tuvo una relación extramarital con otra periodista, aireada como si fuera un romance de Beckham (de entonces procede la portada de Private Eye), que tendría que haber enterrado su futuro político para siempre. Pues no. Lo único que los líos de cama y de la revista  consiguieron es que tuviera que dejar el ‘Gobierno en la sombra’ de los tories.

El principal efecto, que entonces parecía definitivo, es que los escándalos que le rodeaban hicieron que perdiera el primer puesto potencial en la carrera por el imprescindible relevo generacional en los tories. Se le adelantó David Cameron, casi coetáneo suyo, con el que había coincidido en Eton y Oxford.

Ya está. Fin de la carrera. Boris, acostúmbrate a ocupar un escaño durante décadas sin más satisfacción que un puesto menor de viceministro cuando ganen los conservadores en las urnas. Tampoco. Ganó las elecciones a la alcaldía de Londres, un puesto que no parecía interesar mucho a los principales dirigentes del partido, que de hecho tenían previsto presentar a un candidato diferente a Johnson.

Lo más importante ahora es que no importa el puesto que ocupe Johnson, si está o no en un futuro Gobierno tory. Las bases más conservadores de los tories le tienen como a su líder predilecto. No es que quieran que desbanque a Cameron precisamente cuando parecen a punto de volver al poder. Pero es el dirigente con más carisma, el que mejor comunica con las bases, el más requerido para dar charlas en las reuniones del partido que se celebran fuera de Londres. Y es mucho más divertido que los demás.

Si Cameron llega al poder y la cosa no funciona, si el país no se recupera de la crisis económica y Cameron termina siendo tan impopular como Gordon Brown, allí estará esperando Boris Johnson.

Iñigo Sáenz de Ugarte