Una investigación de la guerra de Irak

La primera jornada de la comisión de investigación de la guerra de Irak no ha dado para muchos titulares (aquí está la crónica que he escrito para el periódico). Ocurrirá con frecuencia. Este tipo de comisiones raramente producen revelaciones espectaculares porque muchos de los testigos tampoco están muy interesados en que se indague en los rincones oscuros de un Gobierno.

La sesión estaba dedicada a desvelar la política británica hacia Irak en 2001. Hemos sabido que en sus primeros contactos con la recién estrenada Administración de Bush, los altos cargos británicos descubrieron que algunos de sus aliados ya estaban hablando de la imperiosa necesidad de propiciar un cambio de régimen en Irak, aunque todavía no existían propuestas concretas ni planes definidos. Después, del 11-S, la presión se hizo mayor, como ya sabemos.

En ese momento, la política oficial del Gobierno británico, nos han dicho, no pasaba por el derrocamiento de Sadam, sino por acentuar la presión a través de una estrategia de contención que supuestamente no había dado hasta entonces los resultados deseados. Traducción: Sadam seguía en el poder, lo que no era una buena noticia para los iraquíes ciertamente, pero estaba fuera del alcance de Washington y Londres.

Veremos si alguien se atreve a decir finalmente que el cumplimiento de los objetivos de los dos países tenía que pasar por la invasión. Lo dudo porque me da que la mayoría de los testigos harán lo posible para sostener que el Gobierno británico se vio obligado a dar ese paso. Y la culpa será de Sadam.

Gran Bretaña tiene una tradición de comisiones de investigación más fecunda que España (aquí estoy poniendo el listón muy bajo) pero no nos engañemos. La mayoría de ellas están formadas por miembros del establishment, sobre todo ex altos funcionarios que nunca van a cuestionar el proceso de decisiones en el que ellos estuvieron inmersos.

Los miembros de esa comisión cumplen ese perfil. Hay dos historiadores, es cierto, y son formalmente independientes y prestigiosos. Ambos apoyaron la invasión de Irak y uno de ellos, Lawrence Freeman, colaboró en la redacción de un discurso que Tony Blair dio en 1999 para justificar las bondades de la intervención armada por motivos humanitarios. Y creo que no fue el único discurso de Blair en el que hizo de ‘ghostwriter’. Otro detalle: recibió el encargo de realizar la historia oficial de la guerra de las Malvinas.

Martin Gilbert es el otro historiador. Ha hecho algunas preguntas muy buenas en la primera sesión. En cualquier caso, es de confianza. Fue el biógrafo oficial de Winston Churchill.

Ninguno de los cinco integrantes de la comisión se posicionó públicamente en contra de la guerra de Irak.

La comisión tiene 19 personas asignadas para las tareas administrativas que sean necesarias. 17 de ellos son funcionarios.

Los tres testigos del martes ocupaban altos cargos en los Ministerios de Exteriores y Defensa en los años de la guerra. Actualmente, ocupan otros puestos relevantes en la Administración. Forman parte del Civil Service, el alto funcionariado que se ocupa, con la ayuda de los políticos, de que nunca cambie nada en Gran Bretaña.

Un detalle de infraestructura. Las sesiones se retransmiten en directo a través de una página web, lo que es un gesto de transparencia elogiable. El sancta sanctorum es inviolable. La sala es tan pequeña que sólo caben seis periodistas y 20 personas del público. Es una forma de decir a la gente que no se moleste en acudir y de impedir que algunos familiares de soldados muertos en Irak se salten el protocolo y tengan algunas palabras no amables con los comparecientes.

Iñigo Sáenz de Ugarte