El tablero global

¿Dejaremos que los tertulianos ultras también nos envenenen el lenguaje?

Tras la publicación de la información "La izquierda radical se convertirá en contrapeso de conservadores y socialdemócratas en Europa", Público recibió una oleada de críticas y quejas de lectores por la utilización del término "radical", que tomaban no sólo por peyorativo sino incluso como insulto. Hasta el punto de que me vi obligado a aclarar que las tres primeras acepciones de esa palabra, según la muy conservadora Real Academia Española, son:

(Del lat. radix, -īcis, raíz).

1. adj. Perteneciente o relativo a la raíz.

2. adj. Fundamental, de raíz.

3. adj. Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático. U. t. c. s.

Pero mis explicaciones sirvieron de bien poco, puesto que numerosos izquierdistas siguieron sintiéndose ofendidos, ya que asumen como único significado del término lo que no es más que una cuarta acepción correspondiente al uso que hacen de "radical" los ideólogos derechistas:

4. adj. Extremoso, tajante, intransigente.

Mejor dicho, los tertulianos ultras (luego volveré sobre este vocablo) han ensuciado hasta tal punto aquella palabra, que han conseguido –gracias a su creciente poderío en los grandes medios de comunicación– convertir tanto el adjetivo como el sustantivo en injuriosos, con implicaciones de comportamiento violento, extremista y hasta delictivo.

Así que supongo que de poco me valdrá recordar que las tres (únicas) acepciones de "radicalismo" en el DRAE son:

1. m. Cualidad de radical.

2. m. Conjunto de ideas y doctrinas de quienes, en ciertos momentos de la vida social, pretenden reformar total o parcialmente el orden político, científico, moral y aun religioso.

3. m. Modo extremado de tratar los asuntos.

Más aún, el calificativo es orgullosamente empleado no sólo por la Coalición de Izquierda Radical griega Syriza, de Alexis Tsipras, segunda fuerza política de su país (donde ahora encabeza todas las encuestas cara a las elecciones europeas), sino que ha sido adoptado como definición por importantes formaciones políticas democráticas, como el socialdemócrata chileno PRSD, el liberal suizo FDP, los izquierdistas francés PRG y danés DRV, la UCR igualitarista argentina y muchos más, sin necesidad de recurrir a ejemplos del pasado, aún más numerosos.

Pero no. Ahora resulta que, en España, un "radical" no es aquel que propugna cambios fundamentales (en los cimientos o raíces) del sistema político, económico y social, sino un mero desnortado que instiga comportamientos criminales. Es decir, el más que tendencioso significado con el que han querido etiquetar a los ciudadanos indignados por las injusticias esos ideólogos de la propaganda ultraderechista. Por cierto:

ultra.

(Del lat. ultra).

1. adv. Además de.

2. adj. Dicho de un grupo político, de una ideología, o de una persona: De extrema derecha. U. t. c. s.

3. adj. Dicho de una ideología: Que extrema y radicaliza sus opiniones.

Es decir, en su caso sí está perfectamente empleado el adjetivo, pero se ofenden bastante cuando así se les define. Aunque lo peor de todo es que ahora están también tratando de ensuciar el honroso calificativo de "antifascista".

El propio director general de la Policía Nacional, Ignacio Cosidó, se ocupó de calificar reiteradamente como "radicales" a los que cometieron actos violentos tras la gran Marcha por la Dignidad del 22-M en Madrid; "radicales" a los que incluyó en una pléyade de grupos "de ideología antifascista, anarquista e independentista".

Así que cuando, poco más de un mes después, informamos de que Grupos antifascistas bloquean en Berlín una marcha neonazi, recibimos innumerables comentarios de lectores (muchos de los cuales se consideran de izquierda) que aducían que unos y otros protagonistas de la noticia eran igualmente "extremistas" y a los que hay que repudiar.

¡Es indignante que la ideología posfranquista imperante en España haya logrado una tergiversación política tan aberrante! Estamos en el único país democrático donde a gran parte de la población se le ha convencido de que tan odiosos son los fascistas como los que lucharon y luchan contra ellos; donde el adjetivo "antifascista" no se emplea y se luce con orgullo y con honor –como así ocurre en Francia, en Alemania, en Reino Unido, en Holanda, en Italia, en EEUU…– sino que es ensuciado por la máxima autoridad policial del país utilizándolo como definición del que está fuera de la ley.

Habremos, pues, de deducir que Cosidó y sus jefes en el Ejecutivo de Rajoy consideran que nuestra Ley es de origen fascista y, por tanto, ser antifascista o combatir a los neonazis constituye una actitud delictiva.

¿Qué pueden opinar de todo esto las víctimas del Holocausto? ¿Cómo puede seguir tolerando la comunidad internacional semejante tolerancia del nazismo y tamaña crueldad con los que lo sufrieron y combatieron?

Por lo menos, que esos ultras no nos envenenen también el lenguaje de la izquierda.