El tablero global

El enemigo sabio y el amigo tonto de Afganistán

Sordo a las explosiones y al fuego cruzado que han destruido el hotel Intercontinental de Kabul, simbólico refugio para todos los extranjeros que hemos viajado por Afganistán, el presidente Obama proclamaba ayer que "la marea de la guerra se retira". Era un mensaje de consumo interno, para tranquilizar a los estadounidenses que exigen poner fin a la sangría económica del legado militarista de Bush; pero parecía una broma macabra para los residentes en la capital afgana, la única ciudad del país que era considerada segura hasta hace tres años.
No digamos ya lo que pensarán los miles de desplazados afganos que se hacinan en campos de refugiados en las afueras de Kabul tras huir del frente, en Helmand o Kandahar, donde la población no nota que baje la marea bélica, sino que aumentan los bombardeos aliados en zonas habitadas en las que se multiplican los daños colaterales, es decir las muertes de cientos de civiles.
Obama no retira a sus tropas de Afganistán porque el Pentágono esté ganando la guerra contra el terror de Al Qaeda, sino porque cada soldado desplegado en ese remoto campo de batalla cuesta un millón de dólares al año. Es fácil hacer la cuenta de lo que se ahorra sacando del avispero talibán a 33.000 militares antes de que acabe 2012, año electoral en EEUU.
Incluso en 1989, cuando las fuerzas soviéticas se retiraban de Afganistán y los muyahidines asediaban Kabul, el Intercontinental era el remanso de paz que todos ansiábamos al regresar del frente. Así que la matanza de ayer muestra que los ejércitos aliados tienen menos control de la situación que el que mantuvo durante años el régimen legado por Moscú.
Porque la URSS era "un enemigo sabio", me decía hace unos días un excombatiente muyahidín de la época, "y más vale tomar veneno con un enemigo sabio, que vino con un amigo tonto".