El tablero global

El rey que sólo quiere ser sultán

Al subir al trono, Mohamed VI despertó grandes expectativas de cambio, al atribuírsele un espíritu modernizador, fruto de su juventud, y un carácter compasivo en contraste con su implacable padre. Eran vanas esperanzas.
En sus primeros diez años de reinado, casi coincidentes con la década inicial del siglo XXI, ha consolidado el arcaico y hermético Majzén; el círculo oligárquico de familiares, cortesanos, magnates, terratenientes y militares que medran a costa de una población empobrecida en la servidumbre. Esa élite se jacta del crecimiento económico marroquí en términos puramente macrofinancieros, pues controla la totalidad de la industria y la producción agrícola y de materias primas. Y alardea de haber multiplicado por diez los kilómetros de autopistas, cuando la mayor parte son de pago, fuera del alcance de la inmensa mayoría de los súbditos, y sirven sobre todo para que esa jet-set viaje cómodamente en sus Porsche Cayenne a sus palacetes de la costa.

Entretanto, el abismo socioeconómico entre el campo –donde aún se vive como en la Edad Media– y las grandes urbes es ya abisal; la domesticación de los grandes partidos, incluido el islamista, raya en el servilismo, y las fuerzas de seguridad han multiplicado los mecanismos represivos. En este último decenio, periodistas marroquíes han sido condenados a un total de 25 años de cárcel por poner en cuestión la autoridad absoluta del monarca o revelar los chanchullos de Palacio que han quintuplicado su fortuna.
Él, por su parte, ha mantenido celosamente prerrogativas aún más allá de los inmensos privilegios que la Constitución le otorga, como el control de todos los ministerios clave, de los engranajes económicos básicos y de la judicatura. Es decir, mantiene bajo su férula todos los poderes, imponiendo una monarquía ejecutiva y divinizada. Pero al mismo tiempo se ausenta durante semanas, incluso meses, en viajes de placer, sin presidir los consejos de ministros ni supervisar la gestión de sus lacayos.
Porque, en realidad, a este rey lo que le gustaría ser es un sultán como los de antes.