El tablero global

El Tea Party ha impedido el triunfo republicano

Con las veleidades del inicio de su presidencia, Bill Clinton fue el verdadero impulsor del ascenso del ultraconservador Newt Gingrich, quien logró en 1994 que los republicanos controlasen la Cámara de Representantes por primera vez en 40 años. Pero después sería Gingrich el que propulsaría a Clinton hacia la aplastante victoria de su reelección, al forzar un viraje extremista de su partido y atrincherarse contra los presupuestos hasta paralizar el funcionamiento de la Administración.
Ese es el precedente que la dirección republicana va ahora a evitar a toda costa, puesto que la repetición de aquel infame gridlock (colapso) gubernamental que tanto perjudicó a los ciudadanos convertiría de nuevo al partido mayoritario de la Cámara en un spoiler, el saboteador que sólo pone palos en las ruedas. Y eso lo precipitaría hacia una segura derrota en 2012, cuando se disputará el auténtico gran premio: la Casa Blanca.
Todo esto lo sabía muy bien Obama cuando ayer emplazó a sus rivales a apoyar, en vez de entorpecer, la lucha contra la recesión. Y puso en un brete al establishment del Grand Old Party: no puede hacer caso omiso a los nuevos astros del firmamento Tea Party, como Marco Rubio o Rand Paul, pero tampoco puede permitirse una deriva radical que lo condenaría a la marginalidad política. Tres cuartas partes de los estadounidenses quieren que los dos grandes partidos lleguen a pactos para superar la recesión, según los sondeos.
De California a Delaware, pasando por Nevada y Colorado, los votantes han rechazado a los más fanáticos del Tea Party, negando a los republicanos el control del Senado. En realidad, y pese a su éxito electoral, la obstinación de ese movimiento en presentar candidatos iluminados ha impedido que el GOP se hiciera con ambas cámaras del Capitolio. Y corre el riesgo de repetir su historia.