El tablero global

Kadírov entierra la verdad a tiros

Pocas semanas antes de que la activista por los derechos humanos Natalia Estemírova fuera secuestrada en su domicilio de Grozni y asesinada por un escuadrón de la muerte, el propio presidente checheno, Ramzan Kadírov, le había dicho en privado: "Es cierto que tengo las manos manchadas de sangre, y no me avergüenza. He matado, y seguiré matando a los malos". A continuación, la amenazó e insultó para que dejara de denunciar los secuestros, asesinatos e incendios de domicilios de opositores y separatistas en esa martirizada república.
Por tanto, ella sabía perfectamente que la iban a matar los sicarios del implacable ex señor de la guerra, cuyos oponentes han sido sistemáticamente eliminados por asesinos profesionales dentro y fuera de Rusia (uno en Viena y otro en Dubai). Esos crímenes han sido cometidos, además, con la arrogancia y el descaro del que se sabe por encima de la ley, porque Kadírov –colocado en el poder por el hoy primer ministro ruso, Vladimir Putin, para que exterminase a los rebeldes– goza de la absoluta impunidad que sólo el Kremlin puede otorgar.
Después de los incesantes asesinatos, a menudo a plena luz del día, con los que el líder checheno se ha ido desembarazando de todos los que denunciaban su reinado de terror, pocas dudas pueden caber sobre el autor intelectual de esta nueva atrocidad. Pero el viceministro de Interior de Rusia, Arkadi Yevdelev, se ha permitido aleccionar a los periodistas de que habrá que investigar todos los posibles móviles, desde una "provocación" para comprometer a las autoridades chechenas, hasta un "atraco", pasando incluso por la insultante sugerencia de que el crimen pudo tener su origen en la "vida social" de la galardonada y valerosa activista.

Tan denigrante discurso oficial me recuerda el de Mijail Komissar, presidente del Consejo de Interfax, durante la mesa redonda sobre medios de comunicación del I Foro de la Sociedad Civil España-Rusia, celebrado en Madrid, cuando sostuvo sin ruborizarse que el asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya (amiga y colaboradora de Estemírova) había sido (¡también!) "una provocación" para dejar en mal lugar a las intachables autoridades rusas. Pero no se quedó satisfecho con eso, y a continuación adujo que la periodista Anastasia Baburova murió sólo porque casualmente se interpuso, el pasado enero, entre un sicario y el abogado Stanislav Markelov, también asesinado en esa acción.
¡Qué casualidad que ambos estuvieran investigando los abusos policiales en Chechenia! Bueno, pues encima Komissar venía a quejarse de lo injustos que somos los periodistas occidentales al informar de que no hay libertad de prensa en Rusia.
En mayo, Amnistía Internacional denunció que en su primer año de mandato el presidente ruso, Dmitri Medvédev, ha incumplido sus promesas y las violaciones de los derechos humanos siguen siendo masivas y flagrantes en Rusia. A él, a Kadírov (y a la hija de 15 años de Estemírova que han dejado huérfana) me gustaría poder recordarles la sentencia de Émile Zola: "Si silencias la verdad y la sepultas bajo tierra, crecerá y acumulará tal poder explosivo que el día que estalle todo volará a su paso".