El tablero global

La maldición financiera isleña hunde a Chipre y la arroja en brazos de Rusia

Primero, la empujaron a la maldición que ya antes arruinó a otras dos islas paradigmáticas del capitalismo especulativo financiero –y que hace pocos años eran todavía celebradas como portaestandartes del éxito de la economía neoliberal­–, y ahora la arrojan en brazos de Rusia al tratar de confiscar los ahorros de sus contribuyentes para pagar la factura del frenesí bancario inducido por los mismos que hoy le niegan crédito.

Hablo de Chipre, claro, después de ver caer a la próspera Islandia, desangrada por los excesos prestamistas al extranjero de sus banqueros, y de Irlanda, colapsada por el peso de su burbuja inmobiliaria y la insolvencia de su generosidad fiscal. Y me refiero a las potencias económicas del norte de Europa que, en su afán por proteger las ganancias de sus grandes bancos, "han cometido todos los errores en los que se podía caer", según el primer ministro ruso, Dmitri Medvédev.

Esa no es sólo la opinión del Kremlin, en absoluto. Especialistas del docto Financial Times como Martin Wolf coinciden en que los dirigentes de la Unión Europea nos han dado "una lección de cómo no abordar los problemas financieros y de deuda soberana". Aun sin tener en cuenta el expolio de los ahorradores, los expertos citan entre otras equivocaciones de manual la de "imponer pérdidas a los depósitos bancarios garantizados", puesto que instigan una fuga masiva de capitales que convertirá la crisis en muchísimo más onerosa para el Banco Central Europeo, que se ha comprometido a prestar todos los fondos que sean necesarios para mantener las entidades chipriotas una vez termine el corralito y la incautación del dinero de los impositores.

Para entonces, argumenta Dmitri Afanasiev (también ruso, pero miembro de la Junta Directiva de la muy norteamericana Forbes), "decenas de miles de millones se habrán escapado de Chipre y el coste de los créditos de emergencia será muchísimo mayor que los 6.000 millones que el BCE no quiere aportar ahora".

La canciller Merkel ha advertido de que son los "responsables" de la crisis chipriota los que tienen que pagar los platos rotos y muchos comentaristas están achacándola en gran parte al lavado de dinero de millonarios rusos, pero eso está bien lejos de la realidad. Son ahorradores chipriotas los que tienen 48.000 de los 68.000 millones de depósitos en los bancos de Chipre; y del resto, entre los muchísimos extranjeros que se aprovechaban de las excelentes condiciones bancarias en la isla (tan alabadas hasta que estalló la crisis financiera) figuran, por ejemplo, 60.000 modestos impositores británicos, en su mayor parte pensionistas, que poseen allí casi 2.000 millones y a los que el premier Cameron sí ha prometido compensar la expropiación.

"Los bancos chipriotas están en un brete no porque los rusos les hayan entregado fondos", escribía ayer mismo Afanasiev, "sino porque las condiciones escogidas por los dirigentes de la UE (incluidos los de Berlín) para reestructurar la deuda de Grecia protegiendo las inversiones europeas perjudicaron a la banca de Chipre (…) La UE no sobrevivirá unida si en momentos de crisis las decisiones se adoptan desde un punto de vista nacional (alemán) en vez de desde una perspectiva paneuropea, y se permite el acoso a las naciones pequeñas".

Ciertamente, el ultimátum planteado esta mañana por el BCE, dando a Chipre hasta el lunes para aceptar un plan a la medida de los intereses alemanes pese a la oposición de todos sus parlamentarios –y bajo la amenaza de hundir la banca chipriota al negarle la Ayuda de Liquidez de Emergencia–, supone hostigar al Gobierno de Nicosia… y cuando el débil se siente acorralado por los poderosos puede tomar decisiones desesperadas.

¿Cómo hemos llegado al borde de este abismo? Pues siguiendo, primero, las recetas neoliberales de la derecha y, después, aceptando la medicina austericida impuesta por esos mismos gobernantes conservadores, que repiten temerariamente su mismo error de la cumbre de Deauville (en septiembre de 2010), cuando anunciaron que los tenedores de bonos de deuda soberana en países rescatados perderían parte de su inversión garantizada. Las consecuencias, en aquel entonces, fueron devastadoras para naciones como España e Italia, que vieron dispararse sus primas de riesgo y quedaron condenadas a financiarse a intereses de usura que han convertido sus economías en rehenes de los mercados internacionales.

Hace años, cuando se hicieron los famosos stress tests de la banca europea que supuestamente garantizaron la solvencia futura de las entidades que ahora están en bancarrota, el grupo Pimco estimó que los bancos chipriotas necesitarían una inyección de 7.000 a 10.000 millones de euros, pero su informe nunca fue publicado porque las autoridades de la UE lo consideraron exagerado, ya que suponía el 60% del PIB de la isla. Ahora son ya necesarios 17.000 millones y Bruselas (obedeciendo a Berlín) está poniendo en peligro la unidad europea y la moneda única por ahorrarse poco más de un tercio de esa cantidad, quitándoselo a los ahorradores.

Al pinchar la burbuja de las subprime y los derivados especulativos del casino bursátil internacional (en 2007-2008) ya se podía fácilmente prever que sistemas bancarios como los de Chipre e Irlanda, con activos equivalentes a más de siete veces el PIB del país (en Islandia ascendían a ocho veces la riqueza nacional), iban a colapsarse. En el entorno chipriota, ese despropósito se generó a mediados de la primera década del siglo por la feroz competencia (cuyas virtudes siempre cantan los defensores de la privatización a ultranza) entre el Banco de Chipre y el Banco Laiki, que trató de ganar esa carrera ofreciendo condiciones extraordinarias para obtener depósitos. Hasta que el Estado tuvo que rescatar a Laiki, el año pasado, con fondos públicos por valor de 1.800 millones; un rescate desaforado para la diminuta economía chipriota.

Además, la quita decidida en 2012 por Bruselas a los tenedores de bonos soberanos griegos dejó a los dos grandes bancos de Chipre con 3.800 millones en papeles casi sin valor. Y el mercado inmobiliario, en el que ambas entidades habían confiado el 40% de su cartera crediticia, se hundió (igual que en el resto de Europa), perdiendo la mitad de su valor en tres años. Así que la insólita preeminencia de los depósitos monetarios en los activos de esos bancos, que equivalían al 91% del total (lo que mostraba la salud de esas entidades, según la teoría financiera actual), se transformó en una enfermedad incurable: disponían de tanta liquidez que la invirtieron masivamente en bienes presuntamente seguros como bonos del Tesoro (griego) e inmuebles.

Según nuestros eminentes economistas, la banca chipriota fue más que buena: sólo el 3% de sus inversiones recurrieron a vehículos dudosos o arriesgados como los derivados y otros instrumentos del casino bursátil. Pero cuando la burbuja estalló se encontraron con que eran incapaces de hacer frente a sus obligaciones con los impositores. Eso no es culpa de su mala gestión, sino que es una característica esencial de la banca moderna, como explican en la obra Banker’s New Clothes dos economistas del Max Planck Institute: la capacidad de los bancos para absorber las pérdidas es tan pequeña que operan permanentemente en el filo del desastre.

Por tanto, es la propia estructura fundamental del sistema bancario actual la que coloca a las autoridades gubernamentales ante un dilema terrible, explica Wolf: o rescatan a todas las entidades, cueste lo que cueste (avalando las gestiones más temerarias e irresponsables, y poniendo en peligro la misma solvencia del Estado), o se niegan a rescatar a las que se han hundido a causa de este riesgo sistémico y precipitan a sus economías en una depresión aún más profunda, causando el pánico de los mercados y una ruina todavía peor.

La solución que nos tratan ahora de imponer los que han establecido este orden de cosas consiste en que los contribuyentes repaguemos el desaguisado. Y si no, a los chipriotas sólo les queda vender al Kremlin la última joya de su corona: los yacimientos de gas natural recién descubiertos en aguas de Chipre.

¿Alguien asumirá la responsabilidad de semejante desastre? Pues claro que no.