El tablero global

La última justificación: las torturas fueron útiles

La última línea de defensa de las autoridades de la Administración Bush que ordenaron y justificaron las torturas de la CIA quedó claramente expuesta en un editorial del Wall Street Journal: "el presidente debería desclasificar de inmediato todos los memorandos sobre lo que los servicios de inteligencia descubrieron, y los complots que desarticularon, gracias a los interrogatorios de los detenidos de alto nivel de Al Qaeda tras el 11-S".

Esa es la estrategia del ex vicepresidente Dick Cheney, quien reclama que se divulguen los informes de alto secreto que supuestamente demostrarían que torturar a prisioneros como Abu Zubaida y Jalid Sheij Mohamed fue muy útil para impedir que se cometieran nuevos atentados a gran escala en el territorio de EEUU.

Por supuesto, si se pudiera probar que gracias a esos tormentos los investigadores pudieron salvar la vida de cientos, o miles, de estadounidenses, la opinión pública norteamericana se opondría radicalmente a que se juzgase a los responsables de unas "técnicas de interrogatorio" que constituyen inequívocos crímenes de lesa humanidad. Ese sí que sería un chantaje, y esta vez a toda una ciudadanía todavía aterrorizada por la amenaza islamista, que la camarilla neocon de Bush se cuidó de exagerar para justificar su propia agenda imperial.

Además, esa tesis infame ni siquiera se sustenta en hechos probados y se limita a vaguedades, como la expuesta por el nuevo director de la Inteligencia Nacional, Dennis Blair: "De los interrogatorios en los que se emplearon esos métodos [de tortura] surgió información de alto valor que facilitó un conocimiento más profundo de la organización Al Qaeda que estaba atacando este país".

Esa argumentación tan demagógicamente patriótica no tiene fundamento en los memorandos que se han desclasificado. Uno de ellos, fechado en 2005, asevera que las "técnicas reforzadas" a que fueron sometidos Zubaida y Sheij Mohamed "proporcionaron información crítica" para la lucha antiterrorista. Pero resulta que entre las revelaciones que se detallan figuran al menos dos que sabemos que Zubaida confesó mucho antes de que se le empezara a someter a tortura. Y una de ellas –la del supuesto complot de José Padilla para fabricar una "bomba nuclear sucia" (radiológica)– acabó por ser una mera fantasía de amateurs.

En cuanto a Sheij Mohamed, el informe secreto de la CIA asegura que "se resistió a responder a las preguntas sobre futuros atentados, limitándose a repetir ‘Pronto lo sabréis’, antes de que se emplearan las técnicas reforzadas". Ahora bien, resulta que a ese presunto cerebro del 11-S se le sometió al waterboarding (asfixia simulada) ni más ni menos que ¡183 veces en el primer mes de su cautiverio! (marzo de 2003). Si lo estaban llevando hasta el borde de la muerte por ahogamiento seis veces diarias nada más ser detenido, ¿cuándo fue que se negó a responder al interrogatorio? Ante semejante despliegue de crueldad, el FBI decidió desde el primer momento dejar de participar en esas sesiones reforzadas. Pero sí recibió la información que se extrajo de los prisioneros, y hace un año su director, Robert Mueller, reconoció en una entrevista a Vanity Fair que no se llegó a impedir ninguna acción terrorista concreta a raíz de confesiones obtenidas bajo tormentos.

Si se acaba por demostrar que las torturas autorizadas por Bush, Cheney y Rumsfeld no obtuvieron más que invenciones desesperadas de las víctimas de esos crímenes de guerra, se derrumbará su última justificación: que con esas órdenes abominables lograron impedir que se repitiera un 11-S en EEUU.

Y no pueden alegar ignorancia de lo que se hacía. El entonces director de la CIA, George Tenet, les daba tantos detalles de cada tormento aplicado que en una de esas reuniones el fiscal general, John Ashcroft, protestó que no tenía por qué ser tan minucioso. Después dijo creer que Tenet buscaba así cubrirse las espaldas.

Ninguno de ellos debería creer hoy que tiene las espaldas cubiertas.