Opinión · El tablero global

Los señores de la guerra vuelven por sus fueros

El actual gobernador de la provincia afgana de Nangarhar, Gul Agha Shirzai, es uno de los más serios aspirantes a desbancar al presidente Hamid Karzai en las elecciones que se celebrarán en Afganistán en agosto. También es una firme apuesta política de EEUU, en vista de sus éxitos en la lucha contra los talibanes y el narcotráfico.
Lo malo es que Shirzai es un clásico señor de la guerra afgano, que ganó reputación de implacable y cruel durante la lucha de los muyahidines contra la URSS; se dio al nepotismo y la arbitrariedad durante su primer mandato en Kandahar (1992-1994); fue restituido en 2001 como gobernador de esa provincia por las fuerzas especiales de EEUU, y sólo tres años después fue destituido porque, entre otras lindezas, sus guardaespaldas se liaban a tiros contra los policías locales.
O sea, es nuestro hombre.
Igual que otros notorios señores de la guerra, empezando por los de Balj y de Herat, conocidos por sus brutales violaciones de los derechos humanos y que ahora resultan ser imprescindibles para que podamos retirarnos
dignamente de Afganistán
Siete años de dogmatismo militarista de la Administración Bush –abandonando la verdadera sede y cuna de Al Qaeda para dedicarse a la agenda neocon contra Irak, Irán y Siria– nos han arrojado en brazos de los mismos guerreros feudales que sumergieron Afganistán en el caos antes de la llegada de los talibanes. Cuando lo que la población afgana más agradeció al poder talibán fue que la librase de semejantes salvajes.
En Kandahar, el amigo Shirzai acumuló como gobernador (2001-2004) una fortuna de 300 millones de dólares, pese a que su país es uno de los tres más pobres del mundo. ¿Qué hará si le dejamos  tomar el poder en Kabul?