El tablero global

Sorpresa: el militar exnazi de Évole no ve "extremistas" en el Ejército

Demasiado se ha blanqueado el fascismo, especialmente el de Vox, en los medios de comunicación como para ver impasibles la última entrevista del programa Lo de Évole, en la que un militar exnazi, confeso y presuntamente arrepentido, asegura literalmente:

"En el Ejército hay 83.000 militares y, si hay extremistas, que los hay porque el Ejército bebe de la sociedad, pues hay extremistas en el Ejército como los hay en El Corte Inglés o en cualquier otra empresa. Pero es un mínimo marginal, comparado con la cantidad de profesionales que están comprometidos con la defensa de la Constitución y los valores de las Fuerzas Armadas".

No sólo es incierta la cifra de integrantes del Ejército (en realidad, cuenta con unos 120.000 militares), sino que es sorprendente que el entrevistado sitúe el nivel de ultras en las filas militares a la misma altura que el de ultraderechistas empleados en la gran cadena de centros comerciales.


Para empezar, este protagonista castrense hallado por Jordi Évole es –según informan a Público fuentes militares– un suboficial destinado en el Regimiento de Ingenieros Nº1, (RING 1, formado por zapadores y rastreadores de minas) de la Base Cid Campeador de Burgos, situada en Castrillo del Val.

"Estuve nueve años destinado en su misma base", explica a este diario uno de los que lo conocieron, "y a mí no me va a vender que allí no hay neonazis. De hecho, en Burgos había tres centros de reunión de nazis: un bar de un suboficial que era fascista, una tienda de ropa en el centro y la sede de Falange, que estaba en Aranda de Duero".

Aunque no cabe duda de que hay muchos menos neonazis puros (seguidores de Hitler) en las Fuerzas Armadas que admiradores de Franco, a los que se suele denominar "fascistas" pese a que tampoco sean estrictamente seguidores de Mussolini. Igual que durante el franquismo eran muchísimos menos los nazis germanófilos que los falangistas José antonianos.


Pero la versión del susodicho nazi "arrepentido" tiene muchos otros aspectos más que discutibles, sobre todo el de que, al ingresar en el Ejército "para tener alojamiento gratuito, dinero y poder dedicarme a mi lucha contra el sistema" desde la ultraderecha, "si me hubieran pillado me hubieran fulminado; inmisericordemente expulsado del Ejército sin posibilidad de recurso por mi parte". Eso lo cuenta alguien que fue finalmente identificado como neonazi, según su propia versión, y sometido a un proceso de expulsión pero que hoy en día sigue en activo en las Fuerzas Armadas.

Así que su argumento de que "no hay muchos neonazis en el Ejército porque eso se persigue mucho dentro de las Fuerzas Armadas y a mí al final me localizaron… sí puede haber alguno que se haya colado," hace agua por todas partes. En particular, porque ésa fue su respuesta a la pregunta de Évole sobre la exclusiva de Público (no "El Público") sobre el capitán del Aire hitleriano Antonio Meroño –así como un sargento de la Armada y dos cabos primeros, todos ellos vinculados al grupo neonazi "Lo Nuestro" en Cartagena–, quien permanece como jefe de Inteligencia del Ala 14, la mejor unidad de caza y ataque de la Fuerza Aérea, a pesar de que su militancia ultra ya ha sido desvelada .

La filiación neonazi del capitán Meroño ya era conocida cuando actuaba como instructor de aspirantes a oficial en la Academia General del Aire, antes de su ascenso y destino a la sede del TLP (Tactical Leadership Programme), la escuela de excelencia de la OTAN para pilotos y tripulaciones considerada el Top Gun de Europa, donde sigue tramitando las Habilitaciones Personales de Seguridad (HPS) que autorizan a militares a acceder a las instalaciones de la Alianza Atlántica. También decide sobre el nivel de acceso a "secreto" y "top secret" que se debe conceder a cada uno de los militares de la base, a pesar de ser ya de dominio público su extremismo ideológico que demuestra haciendo constantemente el signo del juramento de las SS de lealtad al Führer.


Como respuesta a las evidencias de todo ello presentadas por este diario, el testigo de Évole alegó que, en su caso, "se hizo un trabajo de investigación, según mi abogado llevado por el CNI [Centro Nacional de Inteligencia] que me llevaba tiempo vigilando. Y se llegó a un proceso de seis meses de duración para expulsarme del Ejército, que fue muy duro; yo defendiéndome. Pero mi abogado era muy bueno y fue haciendo recursos de forma… este informe está mal redactado […] y lo retrasó y retrasó hasta que al final caducó". Y ya está, permaneció en las Fuerzas Armadas… ¿por caducidad del procedimiento? No como ocurrió con el teniente Segura o el cabo Santos, expulsados del Ejército por denunciar corrupción y neofascismo en las filas militares.

Según la confesión del entonces nazi, hoy arrepentido, después de que se descubriera su convicción nazi –ya que se declara admirador desde joven de Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler, por su "máximo sentido de la lealtad a una idea y a una persona"–, en su regimiento "me amargaron la existencia, me infravaloraban constantemente, me echaban de las misiones. Ahí sí que estuve a punto de marcharme de las Fuerzas Armadas".

Fuentes militares consultadas por Público subrayan que, primero, no se abre procedimiento de expulsión por una mera ideología, ni se abre un expediente a nadie por ser nazi, sino que legalmente tiene que ser por alguna falta grave. No se pueden perseguir las ideas, pero sí –por ejemplo– los comportamientos racistas, que son sancionables, así que si se le investigó sería por haber cometido algún acto de esa índole con sus superiores o subalternos. Y de ninguna manera tienen fecha de caducidad las pesquisas, mientras continúen las actuaciones.


"Dice este hombre que estaba perseguido en la unidad… Normal, se fue a meter en una base donde la cantidad de extranjeros, sobre todo latinoamericanos, es bastante alta y hay multitud de jefes casados con mujeres de otros países, así que su ideología racista no debía gustar nada", comenta una de las fuentes consultadas.

Por otra parte, el CNI no se dedica a espiar a militares de ese nivel, y si se hizo algún informe sobre sus actividades ultraderechistas, "le estaría siguiendo como mucho el CIFAS [Centro de Inteligencia de las FFAA], y le habrían elaborado un informe de cara al expediente que se le hubiera abierto… a saber por qué, pero no "por nazi" sino por alguna falta sancionable", explica esta fuente militar.

En cualquier caso, la escasa experiencia en el seno del Ejército del nazi arrepentido de Évole le confiere bien poca autoridad, o conocimiento, para afirmar tan tajantemente que hay poquísimos extremistas de ultraderecha en las Fuerzas Armadas, cuando sólo ha conocido a fondo una unidad muy poco representativa (aunque estuviera antes destinado en Córdoba y Zaragoza). Él mismo relató en la entrevista: "Me fui a Madrid [desde Galicia] porque el 80 o 90 por ciento de los chavales [neonazis] con los que hablaba por Internet eran todos de Madrid". Sin embargo, acabó destinado en un regimiento en Burgos donde hay bastantes mandos y numerosa tropa de origen extranjero.


Su confesión televisada convencerá a muchos telespectadores de que no hay ultras en el Ejército, incluso de que a los fascistas les resulta difícil alistarse en las Fuerzas Armadas, una versión que se contradice por completo con lo experimentado por numerosísimos militares jóvenes, que al ingresar se encuentran con una cultura fascista entre gran parte de la oficialidad, además de innumerables símbolos, insignias y otros restos del régimen franquista adornando el interior de los cuarteles y las salas de los mandos y del Estado Mayor.

Los chats y grupos de Facebook de militares fascistas en activo desvelados por éste y otros medios de comunicación, así como las cartas al rey de altos mandos retirados –cuyos discípulos, delfines y sucesores están hoy al frente de las unidades y bases del Ejército– que piden un golpe de Estado contra el Gobierno de coalición, merecen una investigación en serio sobre los núcleos extremistas en el seno de las Fuerzas Armadas, como las que se han hecho en Francia, Alemania, Bélgica y otros países europeos.

Y no una nueva versión edulcorada, en forma de confesión de arrepentido, sobre que los militares ultras son una "minoría marginal" sin importancia ni interés. Porque las pruebas de lo contrario son abrumadoras.