Tierra de nadie

El aborto y el barco imposible

Para los asuntos de los que prefiere no oír hablar tiene el PP dos estrategias. Una es la de Camps, el político mejor vestido a precios imbatibles, que si le preguntan por las mociones de censura que su partido ha presentado con el concurso de tránsugas responde que está muy contento, lo que demuestra empíricamente aquello de Jardiel Poncela sobre las dos maneras de conseguir la felicidad: hacerse el idiota o serlo. La otra es la de Rajoy que, en caso de duda sobre el camino a seguir, elige la vereda por la que transita la Conferencia Episcopal. Puede equivocarse pero, al menos, se asegura la paz eterna.

En el caso del aborto, Rajoy ha oteado el horizonte y ha visto lo conveniente que era sumarse a la marcha antiabortista convocada por Hazte Oír el próximo 17 de octubre, especialmente tras comprobar cómo se le llenaba el buzón de correos electrónicos que le acusaban de "cobardía electoralista". Con las mismas, el de Pontevedra ha anunciado que llevará al Constitucional la ley de plazos que prepara el Gobierno y no ha dejado de animar a sus militantes a acudir a la manifestación y defender allí los postulados del partido.

Resulta que la posición del PP es la de defender la actual legislación, que permite interrumpir el embarazo bajo determinados supuestos, y a cuyo amparo se realizaron en España 122.000 abortos en 2008. ¿Qué han de hacer entonces los militantes populares? ¿Acudir a la marcha tras una pancarta que diga ‘Por el mantenimiento de la actual ley del aborto’? ¿O que lean a Jardiel Poncela y procuren ser felices de una forma o de otra?

La nave del PP tiene tanta eslora que en proa y en popa se hablan idiomas distintos. En Europa, la derecha moderna ha resuelto la confusión de lenguas acortando el navío, de manera que los extremistas gobiernan su propio bergantín, se deleitan con el hedor de sus sentinas y lanzan arpones a sus ballenas blancas, llámense inmigrantes, homosexuales o abortistas. Aquí, en cambio, se navega en un barco imposible que se vuelve ingobernable con una brisa, al punto de que virar al centro cuesta décadas y no siempre se consigue. Rajoy está empeñado en llegar a puerto con todos, chocando, si es preciso, con los icebergs que no se aparten. Naturalmente, hay mucha gente mareada que prefiere comprar billete en otras compañías.