Tierra de nadie

Un repertorio de culpables

Ahora que nos hemos dado cuenta de que el sistema educativo es un desastre, convendría afinar en un reparto de culpas que, por el momento, atribuye responsabilidades a los niños asilvestrados; a los padres que lo consienten; a los libros, que son malos y caros; a los políticos que hacen las leyes; y a los centros, que dan mal de comer y tienen goteras en el gimnasio. Los únicos inocentes de este drama son, al parecer, los profesores, a los que hay que compadecer por haber asistido silentes a una degradación de la que son activos protagonistas.

Quizás sea incorrecto afirmar que hay profesores malísimos, que se dedicaron al Magisterio porque era una carrera corta y con muchas vacaciones, o que, siendo cierto que han existido casos de agresiones –también a arquitectos, médicos o periodistas- , la docencia no es una profesión de alto riesgo ni requiere estar en posesión del cinturón negro de kárate para afrontar sin sobresaltos una clase de matemáticas. Dicho lo cual, cualquier iniciativa que pretenda conferir la condición de autoridad pública a los educadores no puede sino ser aplaudida, la haga Esperanza Aguirre o su porquero.

Repartidas las culpas, a quien habría que ajustar las cuentas entre todos es a esa generación de pedagogos que inspiró la Logse, gracias a la cual se extendieron ideas como que la enseñanza tenía que ser divertida, algo muy útil para desentrañar el misterio de una raíz cuadrada, y, sobre todo, debía ser democrática, colocando en un mismo plano a alumnos y profesores. Es increíble pero hay tipos con cátedra de Didáctica que combaten la existencia de estrados en las clases o los retretes exclusivos para profesores, de lo que se desprende que una buena educación no sólo ha de evitar los azotes sino que requiere micciones interclasistas.

Genios de este porte son los que defienden que memorizar es muy negativo para la mente de nuestros retoños, aunque resulta evidente que difícilmente se puede manejar un diccionario sin antes tener memorizado el alfabeto; o que la misma enseñanza ha de ser obligatoria para todos hasta los 16 años, lo que impide derivar hacia el aprendizaje de algún oficio a niños cuyo interés por el estudio es nula y su principal actividad consiste en distraer al compañero o retar al profesor. Puede que la educación precise un pacto, aunque cualquiera se conformaría con algo de sentido común.