Tierra de nadie

La soledad y las malas compañías

En Japón se inventan cosas rarísimas. Al principio de la crisis crearon la figura del vigilante de acantilados, un probo funcionario cuya misión consiste en recorrer los precipicios y convencer a los tentados por el último vuelo de que la vida puede ser maravillosa, que diría Andrés Montes, aunque el banco te embargue la casa o los nuevos dueños de Opel te pongan en la calle para cuadrar los balances. Ahora, han dado a luz al teleamigo, un servicio por el que puedes alquilar desde una suegra a un equipo de fútbol, con sus reservas y todo. Es la panacea contra la soledad y contra las habladurías, a condición, lógicamente, de que uno alquile siempre la misma suegra.

Lo de la soledad es una afección universal. Aquí mismamente se ha dicho que Zapatero está solo, y eso es un estigma terrible porque la gente tiende a suponer que aquello que sostenía Celaya de "a solas soy alguien; en la calle, nadie" es únicamente el consuelo de quienes no tienen con quien tomarse unas cervezas. De Rajoy se aseguraba lo mismo antes de que ganara las elecciones gallegas, lo que viene a demostrar que la soledad va por barrios y que no hay nada mejor que un triunfo electoral para que se te llene el móvil de mensajes y el salón de casa de amigos del alma en expectativa de destino bien remunerado.

Es discutible que el teleamigo japonés pudiera triunfar con Zapatero, porque podría sospecharse, y con razón, que el grupo de ojos rasgados que rodea al presidente y le hace fotos es un atrezzo y no la ex prensa amiga que le prepara un reportaje. Se impone por tanto españolizar las prestaciones, algo parecido a lo que ha propuesto Ibarra con la Sanidad pública que, según el extremeño, se llena de turistas prostáticos de los Países Bajos que vienen a operarse por la cara. Ibarra presume de ser amigo de Zapatero, aunque, en ocasiones como ésta, cualquiera se haría acompañar de un señor de Osaka antes que de nativos de pura cepa que sueltan semejantes tonterías.

Los males de la soledad son, en cualquier caso, interpretables. Hay quien se queda solo denunciando que es una vergüenza que se arrojen al fuego de los bancos miles de millones de euros mientras se recorta la ayuda al desarrollo o se escatima con los subsidios a los parados; o que un gobierno de izquierdas trate a los inmigrantes como mercancía defectuosa a devolver a portes pagados. ¿Es acaso un loco?