Tierra de nadie

Buscando padrinos a Frankenstein

Frankenstein, el monstruo que, según el ex ministro Sevilla, ha alumbrado la vicepresidenta Salgado en su parto presupuestario, llegó ayer al Congreso mientras Zapatero empezaba a ocuparse personalmente de buscar padrinos a la criatura. En este mercado persa anual que es la negociación de las cuentas del Estado tiene el presidente acreditada fama de vendedor de alfombras, por lo que no hay que fiarse del rechazo general al proyecto suscitado a diestra y siniestra. Creer que partidos como Esquerra, cuyo portavoz fue ayer a Moncloa a palpar el género, va a rechazar unas cuentas que suponen para Cataluña más de 3.800 millones de financiación adicional es como imaginar un mundo con chuches sin IVA, al estilo de Rajoy. Así que, si no hay otro remedio, los republicanos se llevarán la alfombra y, ya puestos, un kilim para el pasillo.

Las opciones del Gobierno para sacar adelante los Presupuestos son tan variadas que sorprende no sólo la implicación directa de Zapatero, algo que pone en cuestión las capacidades de su amigo y portavoz en el Congreso, José Antonio Alonso, sino el frívolo tacticismo con el que se pretende culminar la subida de impuestos, abierta, según parece, a que sean otros partidos de izquierda quienes aprieten las clavijas a las grandes fortunas o promuevan la ecotasa a cambio de su respaldo parlamentario. Conceptualmente es meritorio -no se consigue apoyos con más gasto, como es habitual, sino con más ingresos- pero traslada a la opinión pública que la arquitectura fiscal del país está en almoneda.

La estrategia seguida para comunicar a la ciudadanía que los parados no viven del aire, que hay que sostener la inversión pública para reactivar la economía, que las pensiones más bajas, que siguen siendo miserables, no pueden pagar el pato de la crisis, que los dependientes exigen atención, o que si se quiere una Justicia más moderna habrá que tener más jueces y comprar algún que otro ordenador, ha sido lamentable. Nunca una subida de impuestos estuvo más justificada y nunca fue peor explicada.

Además, se ha desaprovechado la ocasión para modernizar una fiscalidad que reposa sobre los hombros de los asalariados, rebosa fraude y grava más al trabajo que a la especulación. Ello no impedirá que Frankenstein salga adelante. Salgado, que lo ha parido, dice que le gusta porque es austero y tiene su misma nariz.