Tierra de nadie

Un paseo con Aznar y González

Pese a la polarización de la política norteamericana, que ya era una realidad con la Administración anterior a la de Obama y que se ha exacerbado con la aprobación de la reforma sanitaria, Bush y Clinton han paseado juntos por las ruinas de Puerto Príncipe, en su papel de corresponsables de un fondo para la reconstrucción de Haití que lleva sus nombres. Ni la mente más alucinada imaginaría una escena similar con Aznar y González como protagonistas, y es que a nuestros ex presidentes los pones a recorrer juntos el madrileño Parque del Retiro y son capaces de montar una batalla naval en el estanque. Reunirles es tan imposible como darse de baja en Movistar.

Es obvio que a nuestros presidentes no les une el amor sino el espanto, que diría Borges. Entre Suárez y González hubo química y admiración recíproca, una relación que constituye la excepción a la regla. Antes de que quisiera meterle en la cárcel, González ya despreciaba a Aznar con similar desdén al que éste experimentó luego por Zapatero. Nada tuvo que ver la ideología en estos desafectos. Suárez siempre contempló a Aznar como un mediocre que aspiraba a heredar la corona del centrismo, y sólo al final se avino a participar en un mitin del PP para hacer un favor a su hijo torero, que iba a tomar su alternativa política. Aznar alcanzó la indiferencia con Calvo Sotelo, y por eso promocionó a sus vástagos, pero su manera de aborrecer es somática, hasta el punto de que, cuando su relación con Cascos se enfrió, levantaba los consejos de ministros a los diez minutos de comenzar porque no le soportaba cerca. Zapatero y González no han llegado a tanto: se soportan con recelo.

Convendría definir un papel para los ex presidentes, porque no es muy edificante verlos recorrer el mundo como vulgares conseguidores, estén o no en la nómina de algún magnate. Hay que reconocer que hemos tenido muy mala suerte con ellos. Si cuando ejercían se transformaron en estadistas, al jubilarse conservaron la costumbre de dar lecciones, y no hay día que pase sin alguna de sus amonestaciones.

Sin que quepa exigírseles que se aprecien, se agradecería, al menos, que hicieran bandera del país y no de sus propios intereses. Se les supone por encima de la reyerta política y de las mezquindades que le son propias. Esto, claro, sólo es un suponer.