Tierra de nadie

Ya sabemos quién es rico

El Gobierno ha querido ser justo y repartir los sacrificios de la crisis para que, además de los de siempre, también los ricos pasen por caja y se paguen unas rondas. El asunto no era tan sencillo como parecía, ya que, a tenor de las continuas evasivas para definir el concepto de riqueza, nos habíamos hecho a la idea de que los opulentos tenían el don de hacer la estatua, y esa inmovilidad esculpida en mármol de Carrara les permitía pasar desapercibidos. Ayer sin ir más lejos le preguntaron a Elena Salgado sobre el particular: "¿Puede explicar cuáles son las rentas altas?", se le inquirió. "Evidentemente, no", contestó. He ahí la prueba del desconcierto.

En las épocas de hambruna bastaba ver a un tipo que llenaba el traje para concluir que iba sobrado, pero desde que todo el mundo compra en el Carrefour y se atraca de pistachos, las cosas se habían complicado extraordinariamente. ¿Cuál debía ser el criterio para determinar si estamos frente al potentado que ha de rascarse el bolsillo o ante la clase media del adosado y el jardín con arizónicas que no deja de retratarse en Hacienda? La solución al enigma llegaba también ayer aunque sin excesivas precisiones: aquellos que, entre rentas y patrimonio, superen sustancialmente el millón de euros serán los sujetos del nuevo impuesto anticrisis. Los ricos, por tanto, son los millonarios, valga la obviedad.

Confesaba esta semana una destacada figura del PSOE que el cuerpo siempre le había pedido entrar a saco en las Sicav de las grandes fortunas hasta que se lo explicaron. ¿Que qué le explicaron? Pues que podía haber fuga de capitales, lo que venía a establecer la gran diferencia entre un capitalista y un funcionario: al segundo se le puede bajar el sueldo sin que se fugue. Finalmente, entre la hipotética amenaza de que los ricos tomen las de Villadiego y la evidencia de que quienes estaban huyendo del Gobierno, y a todo prisa, eran sus electores, Zapatero se ha decantado por palpar los bolsillos de los más adinerados y exigirles la calderilla. Menos es nada.

Tan alto se ha situado el listón que el campo de la clase media se ha ensanchado de manera exagerada. Ya sabemos lo que une a un mileurista y a un ejecutivo que se levanta medio millón al año: que no son ricos. Puede ser el principio de una gran amistad.