Tierra de nadie

El verano ya no es lo que era

Hubo un tiempo en el que las estaciones se acomodaban al calendario zaragozano, y se podía saber a ciencia cierta si tronaría en marzo o si el temple del viento sería soportable en octubre. Con el almanaque en desuso se recurrió a hitos periódicos de conocimiento público. Se sabía, por ejemplo, que las vacaciones de verano empezaban cuando el Rey aparecía en pantalón corto en la cubierta del Bribón, aunque llegó a sospecharse del rigor de este dato porque el monarca se calzaba las bermudas cada año un poco antes y se las quitaba un poco después, de manera que un mes de vacaciones podía tener perfectamente 50 días.

No había dudas, en cambio, acerca del final del verano, determinado con regularidad kantiana por la visita de Aznar al monasterio de Silos para tomarse una sopa con el abad Don Clemente, quien, de paso, le arrancaba una generosa limosna para cubiertas y bajantes a cuenta de los Presupuestos del Estado. Debía de tratarse de una relación de conveniencia porque fue abandonar el del PP la presidencia del Gobierno y desplantarle el abad en el cenobio, alegando un viaje inexcusable. Sin sopa a la vista, se acabaron también las partidas de dominó en Quintanilla de Onésimo, lo que nos dejó sin noticias precisas sobre la llegada del otoño más allá de la caída de las hojas en los parques.

En un intento de aliviar nuestra orfandad de referencias, Zapatero se impuso el acudir cada año a Rodiezmo con un pañuelo rojo al cuello y anunciar allí cuánto subirían las pensiones o que no habría ningún recorte en los derechos de los trabajadores "como hemos hecho hasta ahora a pesar de las presiones", tales fueron sus palabras en 2009. La fatalidad ha querido que tengamos que improvisar otra solución, toda vez que el presidente ha dejado de disfrutar viendo a Alfonso Guerra levantar el puño con los acordes de la Internacional y será difícil que vuelva a aparecer por la fiesta minera.

Con el Rey aún convaleciente, este año hemos sido conscientes del inicio la canícula por esa extraña enfermedad, más contagiosa que la viruela, que ha sorprendido de un día para otro a los controladores aéreos hasta diezmar su plantilla. El final es una incógnita. Pudiera coincidir con la publicación en detalle del programa anticrisis del PP. Por si las moscas, tengamos una rebequita a mano.