Tierra de nadie

El paro que no cesa

Resulta difícil de explicar que en un país que camina hacia los cinco millones de parados y en el que la creación de empleo no da para tanta gente que busca trabajo se esté tramitando una reforma laboral que tiene al despido como su principal obsesión, hasta el punto de que será subvencionado. Entenderlo es imposible para el 20,09% de la población activa que está desempleada y es casi un insulto para los 1,3 millones de hogares que tienen a todos sus miembros mano sobre mano, según la Encuesta de Población Activa del segundo trimestre. Si hace tres meses estábamos ya al borde del abismo, ahora hemos dado otro pasito adelante.

Sorprende, en efecto, que entre tanta medida para rebajar los costes del despido, poner en la calle a los absentistas, aunque tengan roto el peroné, y flexibilizar los turnos, horarios y puestos de los que aún trabajan, ninguna se plantee específicamente eso tan prosaico de generar empleo, salvo una modesta petición al Gobierno para que elabore un plan cuando tenga un rato en el que se dé preferencia a los excedentes de la construcción en tareas como el cuidado de ancianos y dependientes, la instalación de placas solares o la dispensación de cañas y aceitunas en las terrazas de la costa. Es la única referencia que se hace en toda la reforma, junto a la amenaza de modificar pronto las prestaciones a los parados para que no se duerman en los laureles del INEM y se busquen la vida.

Existe, por otro lado, una lógica preocupación por el insomnio de Zapatero, que a principios del año pasado reveló que esto del paro le quitaba el sueño y que, a este paso, no va a poder pegar ojo fácilmente. Y se comprende que los sindicatos estén como una hidra, preguntándose si con un día de huelga general no se habrán quedado cortos y hubiera sido necesaria una semana entera.

Ni ese aprobado general a la banca, que está muy sana pero sólo da créditos en defensa propia, ni los brotes verdes que a cada paso se empeña en ver la vicepresidenta económica, ni las reformas estructurales que el presidente se dispone a ejecutar le cueste lo que le cueste, ni, por supuesto, la crisis de Gobierno que podría traernos agosto tienen sentido alguno si el empleo continúa sin levantar cabeza. Estamos sentados sobre un polvorín y hay quien se empeña en seguir fumando alegremente.