Opinion · Tierra de nadie

Gallardón al claroscuro

Acerca de esas dificultades de Gallardón para llegar a fin de mes sobre las que Zapatero se ha encogido de hombros, ha terciado Esperanza Aguirre, recomendando al alcalde de Madrid que desamortice a lo Mendizabal, subaste hasta los calzoncillos y, ya de paso, renuncie a asumir competencias que no son municipales. A 30 de junio, el Ayuntamiento de Madrid debía hasta de callarse: 7.145 millones de euros, según el Banco de España, una cifra que ha roto el espinazo de sus proveedores, algunos de los cuales llevan sin cobrar 11 meses y, por extensión, sin abonar las nóminas de sus trabajadores. Para hacerse una idea de cómo gasta este hombre tomen el siguiente dato: al llegar Gallardón a la alcaldía la deuda de Barcelona era ligeramente superior a la de Madrid; hoy es la novena parte.

Lo del regidor con el dinero público han sido alegrías y de las gordas. Fue una alegría dedicar 7.000 millones de pesetas a trasladar al elitista barrio de Salamanca la concejalía de Asuntos Sociales para que su inquilina de entonces, Ana Botella, se sintiera como en casa; es faraónico destinar 530 millones al Palacio de Correos, que es donde el alcalde ha sentado sus reales; es una tomadura de pelo olímpica que siga sin saberse el coste de la insensata aventura de los Juegos de 2016; es un disparate sembrar de granito algunas calles; han sido un sarcasmo los fastos del aniversario de la Gran Vía; y es una gracieta anual las psicodélicas y costosas luces navideñas.

Lo anterior no es óbice para reconocer alguno de sus méritos. Además de a sus amigos constructores, el soterramiento de la circunvalación de la capital –rebautizada como Calle 30 para sortear exigencias medioambientales- ha beneficiado a los madrileños al cerrar ese enorme arañazo de asfalto que partía en dos a la ciudad. Ha sido una obra tan cara como útil, con la que Gallardón marcaba distancias con su antecesor, Álvarez del Manzano, cuya mayor contribución a la modernidad fue plantar por las esquinas estatuas de la Violetera en hierro fundido.

Hay que darle la razón al alcalde cuando afirma que los impuestos en Madrid son bajos y las exigencias de servicios muy altas. Sabiendo esto, a Gallardón se le ha ido la mano con la chequera de todos. El problema de los megalómanos es que no distinguen lo importante de lo accesorio.