Opinion · Tierra de nadie

Curso avanzado de economía

En su configuración actual, la economía es una disciplina asquerosamente impersonal. No caben los dramas individuales, la angustia del despido a los 50 años, el hundimiento de esos pequeños y frágiles mundos que la gente construye tontamente en el comedor del piso hipotecado con el rosario de facturas sobre la mesa. No admite la felicidad o la tristeza, y menos aún la melancolía. La economía es cartesiana y sus cifras, silenciosas y sin sentimientos. Va bien o mal, y llega a esa conclusión sin necesidad de preguntas. Tampoco entiende de contradicciones. Si su veredicto es la mejoría poco le importan esas pequeñas tragedias cotidianas de no llegar a final de mes o de no saber cómo comenzarlo. Un índice resulta más importante y revelador que un ser humano.

Sus chamanes han logrado convencernos de que su magia sólo funciona de una forma determinada. Nunca hay varias soluciones a un problema, sino un solo camino asfaltado por un discurso único e inamovible. Es lo que se llama la ortodoxia. Si hay mucho paro es que el despido es caro; si se rebaja el despido y se sigue destruyendo empleo es que no se ha rebajado bastante; si no hay competitividad es por lo elevado de los salarios y no porque el beneficio que se pretende sea exagerado; y así. La economía siempre encuentra remedios actuando contra los débiles y rindiendo pleitesía a los poderosos.

Metidos a economistas, los políticos juegan a los médicos sin importarles que el paciente grite o se acuerde de sus muertos, tan convencidos como están de su papel de salvadores. Por eso se felicitan por su determinación y su coraje, como si alguna de sus “valientes medidas” –tal y como Sarkozy ha definido las de Zapatero en una carta surrealista- fueran a afectarles a ellos. El cirujano alaba el arrojo de su colega cuando hunde el bisturí en el tórax del enfermo, al que ni siquiera se anestesia para no incurrir en déficit.

Esta manera de entender la economía es la que ha dado muerte a las ideologías. Habrá que declarar desierto el premio por encontrar las siete diferencias entre izquierda y derecha una vez en el poder. El socialismo moderno cabalga a lomos del liberalismo en plan centauro, aunque deje casarse a los homosexuales para disimular que caballo y jinete son una misma cosa. Merkel y Zapatero galoparon juntos ayer.