Opinion · Tierra de nadie

Las generaciones perdidas

Como la perspicacia del Fondo Monetario Internacional no conoce límites, sobre todo si se trata de describir el paisaje, en uno de sus últimos informes sobre Europa ha alertado del paro juvenil en España y del riesgo de que los afectados constituyan una generación perdida. Suele este organismo hacer glosa de lo obvio, aunque luego evite añadir que la preocupación que siente por los parados es semejante a la que experimenta la viuda negra por el macho con el que se aparea antes de merendárselo. De ahí que en los ajustes de caballo que receta a los países que caen en sus redes la tasa de desempleo nunca sea una variable a considerar.

En esta ocasión, además, el análisis se queda corto porque no es una generación sino dos las que pueden quedar irremediablemente perdidas para la causa. Es un drama que un 45% de los menores de 25 años en edad de trabajar no puedan hacerlo, pero no es una calamidad menor la que sufren los mayores de 50 años a los que la crisis ha expulsado a patadas del mercado laboral, sin más horizonte que aguardar a que la jubilación les llegue cuanto antes para cobrar una increíble pensión menguante. Y todo porque, tal y como se ha confirmado en este paraíso de la ciencia y el I+D, las canas ajenas producen urticaria a los jefes de personal.

Según la última Encuesta de Población Activa, ésta es la situación en la que se encuentran más de 750.000 personas, que también tenían sueños y que ahora no saben si podrán seguir pagando la hipoteca o dando la mejor educación a sus hijos. Se trata de gente que ha consumido sus ahorros esperando el milagro que nunca llega o que lo hace por períodos raquíticos y con sueldos de miseria. Aceptarían cualquier cosa, incluso ser tratados como jóvenes explotados y silentes, dos cualidades que, a juicio de los empresarios, se pierden con la edad.

Los analistas del FMI que nos previenen contra este desempleo masivo son los mismos que anteponen la lucha contra el déficit al crecimiento económico, que es a la postre el que genera actividad. No sabemos su edad, pero sí que tienen la cara más dura que el hormigón. Eso está comprobado.