Opinion · Tierra de nadie

Una democracia en crisis

Decía Michel Rocard, el ex primer ministro socialista francés, que la democracia es un sistema pensado para tiempos de tranquilidad, menos sólido de lo que suele creerse y muy capaz de irse al garete con poca cosa. Es algo más que evidente que hoy día está en declive, no tanto por la cantidad –según el informe de Freedom House de 2010 existen en el mundo 116 democracias electorales, de las que 89 garantizan las libertades y los derechos políticos, el nivel más bajo desde 1995-, sino por su calidad, que ha llegado a ser tan baja como un enano velazqueño.

Si la globalización ya lo había dejado bastante claro, con la crisis económica se ha confirmado que las grandes decisiones que determinan nuestras vidas se toman al margen de las instituciones elegidas por los ciudadanos, simples marionetas cuyo papel se limita al más lacayo de los asentimientos. Únase la resultante al descrédito de la clase política y a una corrupción sobre la que se danza un minueto para pasar artísticamente de puntillas y se obtendrá un cóctel explosivo. Quienes recuerden cómo la Gran Depresión provocó el auge del fascismo en Europa y comparen aquella situación con el actual rebrote de la extrema derecha no hallarán muchos motivos para el optimismo.

No era el capitalismo lo que había que refundar, y menos con la disposición de esos líderes nuestros que se palmean entre ellos la espalda con cada nueva medida de ajuste, siempre pensadas para que sean otros quienes las sufran, sino las bases de la propia democracia. ¿Qué sentido tiene elegir a unos señores que se limitarán a cumplir instrucciones? ¿Qué ganamos con cambiar de caras cada cuatro años para que los nuevos gobernantes cumplan esas instrucciones que sus antecesores se dejaron a medias?

Quienes se han echado estos días a la calle piden una democracia real en la que todos los votos valgan lo mismo y no sean simples cheques en blanco. No basta con escucharles, como sugiere Zapatero, que es de esos oyentes que mueven la cabeza en señal de aprobación y luego si te he visto no me acuerdo. En algún momento y por nuestro bien, habrá que hacerles caso.