Tierra de nadie

Educadamente indignados

Tomar la parte por el todo lleva a generalizaciones tan injustas como creer que no hay político que no se lo lleve puesto o que los indignados son unos lobos disfrazados de corderos, que el primer día de calor se han quitado la careta para no sudar y se han liado a mordiscos con unos indefensos diputados catalanes. El del miércoles, dicen las crónicas, fue un día funesto para la democracia porque sus legítimos representantes fueron brutalmente agredidos, marcados con sprays, escupidos y zarandeados, salvo los que llegaron en el nuevo medio de transporte a prueba de kale borroka: el helicóptero oficial. ¿Que cuántas de sus señorías resultaron heridas en esa batalla campal que ha sobrecogido a los partidos, a la prensa y a las abuelitas de toda España? Ninguna.

Aquilatada la cuestión a sus justos términos, los integrantes del 15-M han de ser conscientes de que tienen tanta razón en sus demandas que no pueden permitirse el lujo de perderla por acciones de incontrolados. Su movimiento es lo suficientemente valioso como para vigilar que no sea infiltrado ni por policías, cuyo aspecto, tal y como se ha visto, es la envidia de cualquier camorrista, ni por esa chusma que piensa que el vidrio se recicla estampándolo en la cabeza del de enfrente. Se lo deben a millones de personas que, por fin, han encontrado una vanguardia tras la que situarse.

Sin violencia, es legítimo abuchear a Gallardón y hasta robarle unas horas de sueño a él y a su familia, como pensarán los miles de vecinos que no han podido dormir durante años por sus obras en la M-30. Y protestar ante el Parlament por los recortes de CiU. Y sacar la tarjeta roja a los corruptos que ocupan escaño en Valencia. Y movilizarse contra unos desahucios, pensados al estilo de las siete y media, para que siempre gane la banca. Y tomar las plazas públicas, que son de la gente y no sólo de los comerciantes.

Incapaces de etiquetarla, los políticos y los oligarcas están desconcertados ante una marea humana que ha dicho basta, y sólo han comenzado a sentir alivio cuando han podido presentarse como víctimas. No habría que darles argumentos.