Tierra de nadie

IU necesita un psiquiatra

Haría bien IU en reconocer que lo suyo es de manicomio y hacérselo ver antes de que tengamos un disgusto con el cuchillo jamonero. No hay duda de que estos tíos se han vuelto locos de remate, o si no juzguen el caso: antes de anunciar la abstención de sus tres diputados en la investidura extremeña, IU había conseguido que socialistas y populares asumieran sus exigencias de cambio en la ley electoral regional, una reforma fiscal para que los grandes terratenientes paguen más y se recupere el impuesto del Patrimonio, una ley de renta básica y el mantenimiento de todos los servicios sociales; decidida la abstención, se satisfacía además el deseo de la inmensa mayoría de la militancia a la que se consultó en referéndum.

En vez de erigir un monumento a la federación de Extremadura, lo que la dirección nacional se plantea ahora es si expedienta a todos o a unos pocos al entender que han causado un daño irreparable a su discurso político por no cerrar el paso a la derecha. ¿Que qué hacían los que ahora piden cabezas cuando Ezker Batua, la sucursal vasca, gobernaba en coalición con el PNV, nacionalista y de derechas, a mayor gloria de Javier Madrazo? Pues aplaudir con las orejas.

Sorprende que lo de impedir los gobiernos del PP se haya convertido en un mandamiento que, al parecer, sólo IU debe cumplir. ¿Acaso el PSOE no habría podido impedir la llegada al poder de los populares dando a IU la presidencia extremeña? Dirán que esto habría sido un disparate porque la coalición era la tercera fuerza política, pero basta con remontarnos a 2003 y situarnos en Cantabria para tener otra perspectiva: el PSOE, con 13 diputados, cedió el gobierno a los regionalistas de Revilla (8 diputados) para impedir que el PP, la fuerza más votada con 18 diputados, se hiciera con la Comunidad.

Ni la abstención es un cheque en blanco ni resulta descabellado que después de casi 30 años ininterrumpidos en el machito llegue otro partido y airee la casa, que el ambiente se vicia mucho con las ventanas cerradas. Así lo entendieron los afiliados de IU, antes de que lo urgente fuera encontrar un buen psiquiatra.