Tierra de nadie

Nacionalizando que es gerundio

En esto de intervenir bancos tenemos un estilazo del quince. A la de la Caja de Ahorros del Mediterráneo le hemos hecho una transferencia de 5.800 millones de euros, casi la mitad a fondo perdido, porque aquí cuando nos ponemos a sanear cajas no reparamos en gastos, y si hay que alicatar lo hacemos hasta el techo y con azulejos de Porcelanosa. No se pregunten cómo se ha llegado a esa situación porque los agujeros de las entidades financieras son como los del espacio-tiempo, sólo explicables por el momento a nivel teórico y como un acto de fe en Stephen Hawking.

Así las cosas sería absurdo buscar responsables. Roberto López Abad, quien fuera director general y factótum de la CAM, un hombre tan enamorado del ladrillo que hubiera financiado las obras del Génesis con un crédito hipotecario al tipo preferente, se dio cuenta de que su tiempo, como el de los elfos, había pasado y se incluyó hace un mes en la regulación de empleo de la Caja para no molestar y, de paso, llevarse unos cuantos millones de euros entre la baja incentivada y el plan de pensiones. Todo un ejemplo de sacrificio personal y entrega a la causa alicantina que tan bien ha gestionado el Partido Popular.

Al Banco de España tampoco se le podía pedir que estuviera vigilando, que ya tiene lo suyo el gobernador con atar en corto a los mileuristas para que se no se suban el sueldo y en estudiar si jubilándonos a los 80 el sistema de pensiones será viable en el próximo milenio. No obstante, no es descartable que establezca sanciones a la entidad, ahora que está nacionalizada y pagamos los contribuyentes, y a algunos de sus ejecutivos, entre ellos a López Abad, quien tras la multa de 150.000 euros que se impuso a Hernández Moltó en la Caja de Castilla-La Mancha, está el pobre en un sinvivir.

Lo que tenemos que quitarnos de la cabeza es esa idea peregrina de meter en la cárcel a los gestores de estos descalabros financieros, que en sus cesantías llevan la penitencia a todos sus pecados. Como se nos ha repetido hasta la saciedad, España no es Grecia, Irlanda o Portugal. Y, por si cabía alguna duda, tampoco es Islandia.