Tierra de nadie

Cambiar el mundo a pelotazos

En medio del duelo por la muerte de Steve Jobs, el hombre que borró la mala imagen que pesaba sobre las manzanas mordidas desde los tiempos de Eva, no está de más reflexionar por qué en este país a los visionarios, en vez de un crédito para que monten una empresa, se les pone una camisa de fuerza y se les receta un tranquimazín, o un valium si les ha dado muy fuerte. Al último al que se le financió un sueño fue a Colón, y no debió ser bastante descubrir un nuevo continente para esquilmar, porque desde entonces los emprendedores que quisieron hacer historia lo tuvieron crudo. Para colmo, Unamuno vino a confirmar que hacíamos lo correcto con su apelación a que fueran otros los que inventasen.

Algo hemos tenido que hacer mal para que los últimos mitos empresariales de este país hayan sido por este orden Mario Conde, quien, tras su paso por la cárcel, da clases de ética en la TDT; Juan Villalonga, un señor que demostró que las relaciones de pupitre son muy rentables; y, por supuesto, Florentino Pérez, cuyos méritos para conseguir recalificar como urbanizable hasta el mantillo de las macetas son indiscutibles.

Lo que se ha valorado siempre por estos lares no son las ideas sino los pelotazos, y de ahí que un buen negocio en España es aquel que puede hacerse al calor del poder político, porque es más sencillo engrasar las voluntades en fajos de 500 euros que aceitar un artilugio industrial, por muy sencillo que sea. Es difícil que la imaginación llegue aquí al poder de tan prosaicos como somos. Todavía hay quien se pregunta la razón de que nuestro modelo productivo haya sido el ladrillo, la arcilla elemental de la que han nacido las grandes fortunas que nos contemplan desde la terraza de sus Sicav, donde tienen unas vistas maravillosas.

Jobs ha sido admirable por muchas cosas, incluida su habilidad innata para que la prensa le hiciera gratis las campañas de publicidad de sus ingenios. Lo más parecido que tenemos a mano es Amancio Ortega, que no ha inventado nada pero ha copiado muy bien. No aspiramos a cambiar el mundo; sólo a hacernos ricos a toda leche para poder comprarlo.